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La insostenible percepción de inseguridad

La intranquilidad que se está extendiendo entre los vecinos del casco histórico de Tarragona no es fruto de una paranoia colectiva, sino consecuencia directa de la vivencia diaria de una degradación social más que evidente
 

Danel Arzamendi

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La insostenible percepción de inseguridad

La insostenible percepción de inseguridad

Cuando parecía que los problemas delincuenciales detectados en el Serrallo comenzaban a ser definitivamente controlados, una serie de graves altercados en la Part Alta ha hecho saltar todas las alarmas. Ciertamente, no se trata de un fenómeno novedoso a nivel local. Durante los últimos meses de la anterior legislatura ya padecimos crecientes incidentes de este tipo. Yo mismo, como padre de dos alumnas del Conservatori de Música de la calle Cavallers, viví con especial inquietud uno de aquellos capítulos.

Para entender aquel episodio en concreto, conviene recordar que en el pasado existía un acuerdo implícito de permisividad municipal hacia las familias que aparcábamos un instante junto al Portal del Roser, para acompañar a nuestros hijos durante los pocos metros que separan la puerta de la muralla y la Casa Montoliu. Sin embargo, de un día para otro, la Guardia Urbana comenzó a multar de forma fulminante y sistemática en la zona del Camp de Mart. Este cambio de criterio provocó que muchos niños tuvieran que recorrer aquel tramo en solitario, frecuentemente de noche durante los meses de invierno. Ante tan jugoso panorama, los amigos de lo ajeno camparon a sus anchas durante semanas en la zona de la Antiga Audiència, como los cazadores que se apostan con sus escopetas en un lugar estratégico por donde pasan regularmente las bandadas de aves migratorias. Presas fáciles.

Años más tarde, el calibre de los incidentes que se viven en la Part Alta está aumentando de forma preocupantemente exponencial. Algunas autoridades policiales han hecho públicos unos datos que parecen demostrar que el número de delitos no ha aumentado. Me viene a la mente una reflexión de Mark Twain sobre la existencia de «tres tipos de mentiras: las mentiras, las grandes mentiras y las estadísticas». Efectivamente, la intranquilidad que se está extendiendo entre los vecinos del casco histórico de Tarragona no es fruto de una paranoia colectiva, sino consecuencia directa de la vivencia diaria de una degradación social más que evidente: okupaciones, robos, disturbios, incendios provocados, batallas campales…

Sin ir más lejos, algunos medios locales dieron cuenta el pasado miércoles de lo sucedido durante la última noche: 20:00, intento de agresión en la plaza Rossinyol; 22:00, pelea en la Baixada de la Peixateria; 22:30, cruce de navajas en la calle Enrajolat; 01:00, intento de robo en una vivienda habitada de la calle Cavallers… Lamentablemente, este tipo de altercados no siempre concluyen de forma incruenta. Por ejemplo, un individuo resultó gravemente herido por arma blanca, hace apenas un par de semanas, tras recibir una cuchillada en pleno cuello. Lo desconcertante del caso es que el ataque no se produjo de madrugada en un callejón oscuro y escondido… ¡sino a plena luz del día, junto a la fachada lateral de la propia sede del ayuntamiento!

Ciertamente, casi todas las ciudades padecen una zona popularmente considerada poco recomendable, pero la tendencia expansiva del área conflictiva de nuestra capital está alcanzando una velocidad y gravedad inusitadas. Los responsables de la seguridad pública aciertan cuando reprochan algunos intentos de generar una alarma frecuentemente exagerada y políticamente interesada. Sin embargo, parece evidente que tenemos una seria crisis de convivencia que merece algunas reflexiones.

En primer lugar, este tipo de cuestiones no se resuelven mirando hacia otro lado. Nuestras autoridades no pueden reclamar a la población que se acostumbre a convivir con este irrespirable clima callejero, sino poner todos los medios para atajarlo de raíz. Es uno de sus principales deberes, les pagamos para ello, y sus debates competenciales sólo consiguen exasperar al ciudadano de a pie.

Por otro lado, es obvio que la forma de afrontar estos problemas no es exclusivamente policial, pero determinada izquierda debería quitarse de encima sus complejos a la hora de ejercer la fuerza pública contra quienes no respetan las normas básicas. Si las administraciones no ejercen ese papel de contención, que nadie se extrañe cuando sean los propios vecinos quienes opten por indeseables métodos de autodefensa.

En tercer lugar, también es cierto que las fuerzas del orden se encuentran muchas veces atadas de pies y manos cuando intentan realizar su labor, como consecuencia de normativas hipergarantistas que dejan inerme a la población que sólo desea vivir en paz. Por favor, menos teorías penales de salón, y más pisar la calle para entender la angustia de la ciudadanía que vive en zonas especialmente conflictivas.

Por último, quizás deberíamos hacer también un esfuerzo por buscar soluciones imaginativas a estos problemas. Por ejemplo, hace años que los residentes en barrios calientes, con una estructura de movilidad que dificulta el acceso de vehículos, reclaman mayor presencia de agentes policiales a pie. Sin embargo, también resulta innegable que las patrullas motorizadas disfrutan de ventajas para realizar sus funciones en determinadas circunstancias. No soy un experto en la materia, pero puede que los patinetes eléctricos de altas prestaciones (que tantos quebraderos de cabeza están generando entre los transeúntes) puedan aprovecharse quizás como herramienta híbrida policial en determinadas zonas peatonalizadas.

En cualquier caso, siempre me ha llamado la atención escuchar la misma reflexión, por parte de personas procedentes de otros continentes, tras iniciar una nueva etapa en países europeos: no somos suficientemente conscientes de la influencia de la seguridad en las calles sobre la calidad de vida de la ciudadanía. En efecto, una mentalidad resignada de conllevanza frente a la delincuencia de mediana intensidad provoca efectos devastadores: limita la capacidad de movimientos, genera angustia en los padres, degrada los barrios, enrarece la convivencia, destroza el tejido comercial, acaba con el turismo… Sin seguridad no hay libertad. Es hora de reaccionar.

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