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Opinion EDITORIAL

La integridad de los museos

La unidad de las colecciones museísticas es un principio asumido por la comunidad cultural internacional

Diari de Tarragona

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Aprovechando el caso Sijena, un diario de Galicia titulaba ayer en su portada que «también hay arte gallego en Catalunya». La información hacía referencia a dos esculturas del tímpano del cenobio de Carboeiro que se exhiben en el Museo Marés de Barcelona. Las piezas fueron expoliadas en los años cincuenta sin que se tenga constancia de cómo fueron a parar a la galería barcelonesa. En el año 2006 el pleno de la Mancomunidad de Terras do Deza aprobó reclamar al Ayuntamiento de Barcelona la devolución de las figuras, pero la moción no llegó a cuajar en ninguna acción concreta. Ahora, el caso de las obras de Sijena, «puede reactivar en Silleda la recuperación de ese patrimonio románico de todos», dice el rotativo. La reclamación del patrimonio expoliado es un recurso político de enorme rentabilidad, pero es una fórmula demagógica irresponsable y sin ningún recorrido práctico. La mayoría de los museos de carácter histórico del mundo, por no decir su práctica totalidad, se alimentaron de numerosas operaciones de dudosa catadura moral. Guerras, conquistas, expolios, ventas o simplemente abandonos por desidia han generado a lo largo de la historia un caldo de cultivo en el que se han alimentado los amantes del arte, de la historia o los oportunistas que han hecho negocio al aprovecharse de un patrimonio que otros, por ignorancia o por falta de recursos, no valoraron en su día.    
De estos orígenes inconfesables han surgido grandes museos como el British, el Metropolitan, el Museu Nacional d’Art de Catalunya o el Museo Arqueológico Nacional de Madrid, al que por cierto reclaman la devolución de la emblemática Dama de Elche. La integridad de las colecciones museísticas es un principio asumido por la comunidad internacional. Intentar romperla en base a excitar pasiones pueblerinas es una sublime insensatez.

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