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La lección de Alejandro Magno

Nietzsche dejó escrito: 'Mientras otros pueblos tienen santos, Grecia tiene sabios'
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Así como la primavera llega cuando lo anuncia El Corte Inglés, los fascículos y enciclopedias coleccionables aparecen con el otoño-invierno. Ya nadie presta atención al vuelo de las aves migratorias que preludian variaciones meteorológicas debidas al cambio de estación; ya saben, ‘cuando el grajo vuela bajo, hace un frío del carajo’ o ‘cel rogent, pluja o vent’, expresiones en desuso desde que hemos dejado de ser un país de agricultores y se van perdiendo los dichos y refranes propios de la cultura rural. Hoy ya nadie se entretiene mirando al cielo, sólo los ancianos, tal vez los poetas o algún romántico pertinaz, pues el resto de los mortales, y en especial los más jóvenes, andan absorbidos por la pantalla de su smartphone pendientes del último mensaje de whatsapp recibido o jugando al Candy Crush Saga.

Pues bien, un periódico anunciaba hace poco el lanzamiento de una colección de libros de historia presentada de forma amena, y una frase publicitaria decía más o menos –cito de memoria–, ‘Alejandro Magno recibió una lección de Aristóteles’. Ciertamente, no me voy a atrever a enmendarle la frase al experto en marketing que la ideó, y todavía menos voy a cuestionar el papel que Aristóteles, una de las mentes más grandes que jamás han existido, jugó como maestro de Alejandro, pues aunque a Aristóteles lo conocemos por su importante obra filosófica, también elaboró las constituciones de ciento cincuenta y ocho estados diferentes, trató temas de medicina, astronomía, magnetismo, música, óptica, retórica, poesía, zoología y aspectos de la mente humana, en una serie de compendios que son obras maestras, y a partir del examen de fetos procedentes de abortos –dado que entonces estaba prohibida la disección de cuerpos humanos– inició el estudio de la embriología.

Aristóteles enseñó a Alejandro a escribir griego, latín, babilonio y hebreo, le instruyó sobre la naturaleza de los mares y de los vientos y el recorrido de las estrellas, la historia del mundo, así como también sobre retórica, justicia y la defensa del reino y de las colonias, aunque seguramente fracasó en el intento de inculcarle la filosofía, pues no parece que ejerciera ninguna influencia en los objetivos políticos de Alejandro ni en sus métodos, a pesar de lo cual alguien dijo de él que era «el único filósofo al que he visto siempre armado».

Las lecciones que recibió Alejandro de Aristóteles aquí brevemente expuestas no ofrecen dudas, pero el motivo de estas líneas es recordar la que, en mi modesta opinión, constituye ‘la lección’ que recibió el gran conquistador, y que recordé al leer el anuncio mencionado al principio de este artículo. Esa lección no se la dio Aristóteles, sino otro filósofo algo menos académico y convencional que, como diría Machado, se caracterizaba por su «torpe aliño indumentario», que vivió entre los siglos IV y III a C. y llamado Diógenes, apodado ‘el cínico’, lo que para él era un título de honor y no una ofensa.

Diógenes, nacido en Sínope y muerto en Corinto, uno de los filósofos más reconocidos de la época, era el más apasionado y radical de los cínicos/kynikos, del griego kyon –perro–, secta influida por Sócrates –«Me encanta ver tantas cosas que no necesito para ser feliz»–, que llevaba al extremo la libertad de palabra, la crítica y la denuncia, rechazaba las normas, las instituciones, las costumbres y todo lo que representara una atadura para el hombre. Excéntrico –vivía en un tonel, como un indigente– e irreverente, utilizaba la ironía, el sarcasmo y la sátira para ridiculizar la conducta humana, despreciaba las riquezas y consideraba que el hombre con menos necesidades era el más libre y el más feliz.

Este era el personaje al que, por su fama, quiso conocer Alejandro. Cuando el conquistador más importante de la historia se encontró ante Diógenes y le preguntó si podía hacer algo por él, el filósofo, que se hallaba tumbado en el suelo le respondió: «Sí, apártate porque me tapas el sol». Los cortesanos y acompañantes recriminaron entre risas y burlas su forma de responder al rey, a lo que éste, haciéndoles callar dijo: «De no ser Alejandro, habría deseado ser Diógenes».

En una ocasión alguien le dijo: «Si aprendieras a ser sumiso al rey, no tendrías que comer esa basura de lentejas», a lo que replicó Diógenes: «Si tú hubieras aprendido a comer lentejas, no tendrías que adular al rey». El alemán y antigermánico Nietzsche dejó escrito: «Mientras otros pueblos tienen santos, Grecia tiene sabios».

Por cierto, algo de este espíritu griego es el que se enfrenta ahora a los mercaderes de Bruselas.

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