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La lección del Este

No se entiende como un pueblo epicúreo como Grecia pudo soportar el comunismo más duro

Josep Moya-Angeler

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Una visita nada turística a la vieja Europa del Este, durante las últimas semanas, me ha ofrecido interesantes reflexiones sobre su pasado y su futuro, que por vicio he transportado hacia la Catalunya actual. Aunque las comparaciones sean odiosas, a menudo son inevitables, incluso si parece que no vienen al caso.

Visitar a los eslavos del centro (Polonia, Eslovaquia, República Checa y Eslovenia) y a los eslavos del sur (en su idioma, ‘yuko-eslavos’) tanto en Croacia, como en Bosnia y Herzegovina, Montenegro, Albania, Macedonia, Bulgaria y Rumanía –me ha faltado Moldavia y por cuestiones éticas no he querido visitar Serbia– ofrece un panorama inquietante y enriquecedor a la vez.

La primera sorpresa ha sido encontrar gentes felices tanto en Podgorica, en Montenegro, como en Tirana (allí donde el régimen durísimo de Hoxha), entregadas a disfrutar de soleadas tardes y de las primeras noches al aire libre. No se entiende como un pueblo tan mediterráneo y epicúreo, vecino de Grecia, pudo soportar aquello de lo que abominan ahora, el comunismo más duro. Son gentes, especialmente en Podgorica, que viven su vida al margen de la prosperidad occidental, preocupadas tan solo en ser felices porque ya tienen el pilar fundamental de su existencia, que es la independencia. Liberados de la dictadura, ya no piden más que sobrevivir modesta pero felizmente.

Conviene tomar nota de esta pequeña lección de dos pueblos que no pretenden nada más que ser ellos mismos, al margen de las presiones y enfrentamientos tanto con sus vecinos externos como de sus enemigos internos. Porque todos estos países ahora pacificados después de tanta destrucción y muerte son una mezcla explosiva de diversas etnias y, sobre todo, religiones: musulmanes creyendo que están destinados a la guerra santa, ortodoxos, católicos y judíos, intentan convivir en un equilibrio inestable. Llevan en la sangre el veneno histórico de la confrontación que de momento sólo se ha conseguido paliar con la fragmentación de la antigua Yugoslavia en tantos países como identidades había en aquella imposible federación. Fue Tito, el dictador paternalista que todos añoran, quien pudo hacer aparentar que aquella unión era posible. Otra gran lección de los países del Este es la rapidez con que han asimilado un crecimiento de las grandes ciudades occidentales y, al mismo tiempo, un abandono del campo, refugio de las historias más míseras y de las añoranzas de antaño. En estos territorios, los pobres aluden constantemente a las garantías que, en su pobreza, les daba el régimen comunista, mientras los poderosos se han lanzado a la especulación inmobiliaria en las capitales, haciéndolas sorprendentemente avanzadas en materia arquitectónica. Será capitalismo puro y duro, pero hace empequeñecer el urbanismo de nuestras ciudades.

Si unimos estas circunstancias con un respeto y preservación de los barrios históricos, tendremos urbes muy atractivas para cualquier visitante. En cuando se estabilice la actual situación, serán los países europeos más atractivos para visitar, conocer y profundizar en las próximas décadas.

El ejemplo más sugestivo es la poco conocida ciudad de Skopje, capital de la República de Macedonia –hay otra Macedonia, la griega– que reúne el sabor de la vieja Europa con la modernidad urbanística, el profundo respeto hacia el pasado con las amplias avenidas socialistas, y sobre todo la memoria de los prohombres que hicieron posible avanzar por la historia, como referencia para el futuro. Ese respeto al pasado permite adivinar que quizás el porvenir no será tan negativo como las convulsiones de las dos últimas décadas.

La identidad, he aquí la clave de todos estos nuevos-antiguos países. Quieren ser ellos mismos, con su lengua, su escritura cirílica de la que se sienten orgullosos y que nació nada menos que en Bulgaria, y su sangre, condenada a un mestizaje que limará asperezas. En Sarajevo, la joven recepcionista del Grand Hotel me confiesa ser musulmana y su esposo católico; pensé que ese podía ser el principio del mestizaje redentor.

Mientras se van descubriendo matices, como la firmeza religiosa de pertenecer a la iglesia ortodoxa o al mundo musulmán como un gran valor del que sentirse orgulloso, uno acude al paralelismo no siempre posible con Catalunya y España. Yo he creído que hay un cierto paralelismo y que las conclusiones son esclarecedoras. No sé si me he expresado bien, pero la lección del Este respecto a libertades, independencia e identidades ha sido para mí evidente. No voy a desarrollar moralinas ni apologías, que cada cual saque sus conclusiones, si las hay. Gracias por permitirme que deje la respuesta al aire, querido lector.

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