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La ley del ojo por ojo

El terrorismo islamista no merece contemplaciones ante el rigor de las leyes
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La conmemoración del setenta aniversario del final del campo de exterminio de Auschwitz, símbolo contemporáneo de la crueldad humana, se está viendo más que empañada por las noticias de las atrocidades que precisamente estos días se están cometiendo en los territorios del llamado Estado Islámico (IS), feudo de los yihadistas que se empeñan en recordarnos que la tolerancia y el respeto por las diferencias sigue siendo una utopía. Las estremecedoras decapitaciones a que ya nos ha acostumbrado el fanatismo islamista, a las que hay que añadir otros tipos de asesinato incluida la crucifixión, alcanzó su cota más elevada de sadismo con el espectáculo público grabado en vídeo para consternación de la humanidad de la incineración en vivo, dentro de una jaula de hierro, del piloto jordano Moaz al Kasabeh. Una muerte que para mayor sarcasmo fue ocultada mientras negociaba de forma tramposa su liberación.

La imagen del piloto envuelto en llamas ha distraído la atención de otras barbaridades de la yihad e incluso de la reacción, muy poco ejemplarizante también, del Gobierno semidemocrático de Jordania acogiéndose a la ley del ojo por ojo y diente por diente y ejecutando, bien es verdad que con respaldo judicial y con métodos menos incivilizados, a dos terroristas que tenía prisioneros, uno de ellos una mujer, cuyo intercambio por el piloto se había estado negociando.

El Gobierno jordano se escuda en que actuó respaldado por la Ley y que la Ley en su país contempla la pena de muerte para los terroristas. Eso es cierto y Jordania no es ni mucho menos el único país que mantiene la pena máxima para los autores de algunos delitos, sin ir más lejos, en muchos estados norteamericanos, de cuyo sistema democrático existen pocas dudas, se sigue aplicando. Pero en este caso concreto, la respuesta jordana se vio agravada por la rapidez con que fue aplicada y la imagen nada edificante de responder a la tradición, tan propia de la zona, de responder al ojo por ojo.

Es evidente que el terrorismo islamista, inspirado por la sinrazón del odio hacia quienes no comparten su fanatismo, no merece contemplaciones ante el rigor de las leyes. Es una amenaza para las personas y para las naciones que ya ha rebasado todos los límites. Debe ser combatido por todos los que aspiran a vivir en libertad y simplemente a vivir. Pero entre las medidas para combatirlo, tampoco estará mal que a los yihadistas, como a todos los terroristas que en el mundo hay, se les muestre que quienes sufren su amenaza son más civilizados y dialogantes. En estos enfrentamientos enconar los ánimos y estimular los odios es gratis, pero no contribuye a resolver los problemas; más bien a agravarlos.

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