Este sitio web puede utilizar algunas "cookies" para mejorar su experiencia de navegación. Por favor, antes de continuar en nuestro sitio web, le recomendamos que lea la política de cookies.

Opinion EDITORIAL

La mafia del juego pervierte el deporte

Desde guaridas muy remotas pueden intentar manipular un resultado del Ascó para obtener pingües beneficios.

 

Diari de Tarragona

Whatsapp

Internet se ha convertido en un casino global en el que se puede apostar a casi todo. El problema no es la extensión indiscriminada y descontrolada del juego (que también), el problema es que los suculentos beneficios que se pueden obtener de la manipulación de las apuestas está pervirtiendo la limpieza de las competiciones. No hablamos de deportes de elite ni únicamente de figuras mundiales que puedan levantar pasión entre quienes gustan de apostar. Equipos de Tarragona como el Ascó o la Pobla pueden ser los protagonistas de algún movimiento extraño con el fin de lograr recaudaciones inéditas. No sólo se puede apostar al resultado final de un encuentro. Vale todo. El número de córners, quién marcará primero, el número de goles en cada parte y un sinfín de combinaciones dobles o triples. El fenómeno ha alcanzado tal magnitud que se ha escapado al control de las instituciones deportivas y de los propios clubes. El propio Nàstic se ve de nuevo salpicado por la sospecha sin comerlo ni beberlo. La casuística es tan minuciosa que basta la actitud de un jugador en solitario para alterar de forma artificial una apuesta. Las casas que se dedican a este negocio tienen mecanismos para detectar cuándo se produce alguna oscilación sospechosa respecto a alguna apuesta. En algunos casos llegan a bloquear la puja, pero los cientos de miles de envites que se generan a diario, multiplicados por el efecto global de las redes, convierte el fenómenos en una plaga perversa que amenaza con causar graves daños al deporte. Sobre todo, los más expuestos a la actuación de las mafias son precisamente los deportistas más humildes o semiprofesionales, jugadores que cobran cantidades mínimas por realizar su trabajo y que de pronto se ven tentados por una suculenta cantidad para hacerse el despistado en algún lance del juego. Detrás en la oscuridad ya hay quien se encarga, desde remotas guaridas, de cosechar los pingües beneficios que proporciona la actividad delictiva. Lo más graves es que no se vislumbra ninguna manera para atajar tanta perversidad.

Temas

Comentarios

Lea También