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La magia de cambiar el mundo

Grecia será laboratorio y referente de formas alternativas de afrontar la crisis europea? o no
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Cambiar las cosas siempre ha tenido atractivo. Quien más, quien menos, cualquiera ha sentido la tentación de creer que sustituir aspectos de su entorno conduciría a una realidad mejor. Llega a parecer la única alternativa cuando el modelo dominante da síntomas de agotamiento y se muestra incapaz de ofrecer solución a problemas esenciales de la sociedad. Trasladado al tiempo presente, algo así ha impulsado al electorado griego a otorgar a Syriza la mayoría suficiente para gobernar. Un referente, sin duda, para sensaciones parecidas que están germinando en el resto de Europa, al punto de que lo que haga y deje de hacer Grecia en los próximos meses puede determinar el rumbo político de otros países; en unos menos, en otros más.

Sin perjuicio de lo que quepa atribuir a cada parte, el país heleno encarna casi todas las contradicciones e incoherencias que el proyecto de construcción europeo ha ido acumulando desde que fuera imaginado por Schuman y Monnet. Su incorporación a la entonces Comunidad Económica Europea (CEE) se produjo por imposición de Francia, a cambio de levantar el veto a la adhesión de España y Portugal, pero sin apenas negociación previa y a sabiendas de que incumplía buena parte de los requisitos. Años después, tanto franceses como alemanes impusieron su inclusión en el núcleo inicial del euro, pese a no haber alcanzado los requisitos fijados en Maastricht. No es casual que bancos alemanes y franceses fueran los que más dinero prestaron para financiar sus inconfesables e inconfesados déficits presupuestarios.

Hoy suena fácil decir –alguien lo ha hecho- que Grecia jamás debió haberse integrado en la Unión Europea (UE), y todavía menos en la eurozona, pero sirve de poco y supone pasar por alto el ingrediente geoestratégico de su posición en los Balcanes, frente a Turquía y cerca de las fronteras de la extinta URSS. Otra cosa es que el país se haya excedido en dimensionar la carga que para el resto de europeos comporta su vinculación, haciéndola insostenible o cuando menos inaceptable, tras décadas de aceptarla sin rechistar. Culpar a los griegos de todo, igual que atribuir todos los males a la perversa troika, puede tener atractivo político, pero no parece el mejor modo de buscar una salida a la situación.

Syriza ha asumido un desafío que trasciende los contornos de su propio país. Por más que haya moderado notablemente sus propuestas iniciales, mantiene en su programa de gobierno aspectos cuya viabilidad está, en el mejor de los casos, pendiente de demostrar. Uno relevante será conseguir cuadrar las cuentas públicas. De momento, ha adoptado y anunciado medidas que suponen aumentos inmediatos de gasto, pero no detallado cómo va a incrementar los ingresos. Cualquier reforma fiscal, por su propia naturaleza, tarda tiempo en rendir frutos, incluso si de verdad produce alzas significativas de la recaudación. Tiene razón, sin embargo, en que las recetas impuestas hasta la fecha habían desembocado en una quiebra social imposible de gestionar, sin contribuir –todo lo contrario- a reactivar la economía.

La abultada deuda viva de Grecia va a estar, está ya en el centro del éxito o fracaso. Aun retrocediendo en sus manifestaciones, el primer ministro Tsipras mantiene bastante ambigüedad sobre su intención real. Asegura tener voluntad de pagar, pero al poco la condiciona a que la economía vuelva a crecer. Unos días alude a la necesidad de obtener una quita –perdón- parcial, otros se inclina por renegociar plazos y tipos, al tiempo que rechaza las condiciones pactadas por su denostado predecesor, a cambio de los fondos proporcionados en el rescate, parte de los cuales está aún pendiente de entregar. No parece la mejor estrategia para recibir más.

Es probable que los próximos meses domine un proceso de simulación. Lo digan o no, cada vez son más los convencidos de que la monstruosa montaña de deuda difícilmente se va a poder pagar. Abundan las dudas de que pueda hacerlo Grecia, pero se citan algunos casos más. Habrá, sin duda, negociaciones, pero el margen de maniobra será escaso por ambas partes. Una reducción parcial de la deuda chocará con la solvencia de bancos alemanes y franceses que tienen en sus carteras un apreciable volumen de deuda griega, pero también con Banco Central Europeo (BCE), Fondo Monetario Internacional (FMI) y socios que han acudido al rescate –España con 26.000 millones-, reacios a cargar sobre sus respectivos contribuyentes costes añadidos por los descuadres de Atenas. Alargar plazos y rebajar intereses tampoco daría mucho de sí.

Antes o después, Grecia deberá decidir si quiere seguir formando parte del proyecto europeo, sea ejerciendo de catalizador y revulsivo para desatascarlo, más allá de actuar como una especie de pepito grillo sobre todo gestual, o elige abandonarlo, como propone el socio que Tsipras ha elegido para gobernar. Pero también, de la otra parte, convendría que los países comunitarios acotaran cuanto antes qué límites de pertenencia están dispuestos a sufragar y mantener.

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