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La mala uva

El peligro es que llegue un momento en el que no haya papeles para nadie
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Hasta que no vengan a España trabajadores franceses o alemanes para vendimiar, no podremos creer en la Unión Europea. El dinero cuesta lo que vale ganarlo en cada país y en el sur de Italia han muerto dos jornaleros, de esos que cobraban dos euros por cada hora de trabajo a más de 40 grados. Su tarea consistía en eliminar las uvas más pequeñas, que son las que mejor distinguen los caporales que son los que de verdad saben que la mies es mucha, pero los hambrientos son muchos más.

El fallecimiento de estas dos personas, que nunca serán condecoradas con la medalla del trabajo, ha conmovido al Gobierno italiano y a los propietarios de los campos, que siempre firman sus contratos con agencias intermediarias. Ya sabemos todos que el mundo está mal hecho o quizá esté sin hacer, pero hay cosas que claman al cielo vacío donde siempre hemos dado en creer que residen los dioses. Si es cierto, son unos desaprensivos comparables a los capataces que les suministran cápsulas de opio y analgésicos a los trabajadores para que aguanten. Pero no hay que echarles la culpa a las improbables divinidades, sino a quienes las hemos inventado. Cada vez están peor vistos los inmigrantes, aunque vengan en calidad de esclavos. Los pobres estorban y eso se nota cada vez más entre nosotros, que vivimos una larga temporada como nuevos ricos, despilfarrando lo que no teníamos.

El candidato del Partido Popular a la Generalitat, Xavier García Albiol, impone una línea dura antiinmigración, ya que la mayoría de los ‘sin papeles’ procede de países musulmanes, como si los hijos de Alá no fuesen hijos de Dios o de Buda o de cualquiera de los muchos dioses verdaderos que han ideado sus inconsolables adoradores. El peligro más inmediato es que llegue un momento en el que no haya papeles para nadie.

Ni para hacerse un cartucho con las uvas de la ira y comérselas una a una, como hacemos los mal llamados cristianos el día que se acaba el año y empieza el siguiente.

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