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La maldición de Hipólito

Un alcalde debe anteponer los intereses de sus convecinos a las estrategias de su partido

Dánel Arzamendi

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Un paseo por la Part Alta de Tarragona –tan fascinante como maltratada– exige hacer un alto en el que probablemente sea uno de los rincones más encantadores de nuestra capital: la Plaça del Rei. Además de otros focos de interés, este bello espacio acoge la imponente mole del Pretorio, antigua torre esquinera del Foro Provincial, que en el medievo fue convertida en palacio. Si avanzamos en este metafórico juego de matrioskas, al abrir el edificio descubriremos en su interior una gran sala abovedada, que custodia un sarcófago romano con unos magníficos relieves sobre la vida del personaje que da nombre al conjunto: Hipólito, hijo de Teseo, cuyo mito quedó inmortalizado gracias a la obra de Eurípides (aunque las tallas representan la versión de Séneca, ligeramente diferente).

Probablemente con acierto, las autoridades locales han decidido convertir este lugar en sede privilegiada para la celebración de eventos con una especial relevancia institucional. A todos nos viene a la memoria la firma en 2014 de un convenio para impulsar un gran proyecto turístico junto a Port Aventura, cuyas previsiones nos hacían soñar con una descomunal bolsa de trabajo que revitalizaría el maltrecho mercado laboral de nuestro territorio. En aquel acto hubo tres protagonistas indiscutibles: Artur Mas (President del Govern y de CDC), Pere Navarro (líder de la oposición y del PSC) y BCN World (un megacomplejo de ocio, envuelto en unas mareantes cifras atestadas de ceros). Tres años después, Artur Mas ha sido desalojado del Palau de la Generalitat (y posteriormente inhabilitado por los tribunales), Pere Navarro cayó en desgracia tras el descalabro socialista en las elecciones europeas celebradas poco después de la firma (el pasado mes de octubre perdió el único cargo político que le quedaba) y el proyecto BCN World ha dejado de existir como tal, dejando paso a una versión mucho más modesta de la que apenas tenemos noticias (más allá de las dificultades con las que camina).

Tres actores principales, los tres fulminados. Los aficionados al esoterismo tienen un buen caldo de cultivo para elucubrar sobre el posible poder devastador de nuestro sarcófago, similar al que algunos atribuyen al contenido de sus equivalentes egipcios. Supongo que, a falta de datos sobre la identidad del augusto romano que dio con sus huesos en el mármol, tendremos que atribuir la maldición al malogrado Hipólito. Después de todo, esta tragedia termina como suelen terminar todas las tragedias, después de un conflictivo relato plagado de deseos frustrados, crímenes familiares e implacables venganzas (aunque estos datos pudieran sugerirlo, la narración no se desarrolla en el seno de ningún partido político).

Precisamente, hace algunas semanas, el gobierno central comunicó a los responsables de los Juegos Mediterráneos su predisposición a firmar un acuerdo sobre la aportación estatal al evento. Después de varios años mareando la perdiz, y tiempo después de que el resto de instituciones hicieran lo propio, el ejecutivo español aceptaba comprometerse explícita y cuantitativamente a financiar una parte de esta competición deportiva (eso sí, con un retraso que ha forzado la humillante e inédita decisión de posponer un año su celebración, provocando así un ridículo internacional incuestionable).

Siguiendo la estela del acto antes recordado, alguien decidió que el sarcófago de Hipólito volviera a ser testigo de otra rúbrica histórica. Y así, con el objetivo de conceder al pacto la necesaria pompa y solemnidad, este martes desembarcaba en la Plaça del Rei una nutrida delegación gubernamental, con la participación estelar de Soraya Sáez de Santamaría, Cristóbal Montoro e Íñigo Méndez de Vigo (eso sí, rapidito, no vayamos a perdernos el primer set en el Conde de Godó).

Me gustaría comentar algunas preguntas que se han planteado a raíz de esta firma. En primer lugar, ¿por qué los representantes locales no pronunciaron siquiera un leve comentario velado sobre el retraso del ejecutivo que ha obligado a incumplir el calendario comprometido con el CIJM? Desde la óptica de lo que pedía el cuerpo, estoy convencido de que a más de un asistente al acto le habría encantado escuchar un reproche, aunque fuera colateral, que afeara esa parsimonia gubernamental que ha impactado fatalmente contra la marca Tarragona y su credibilidad institucional. Sin embargo, desde una perspectiva estrictamente pragmática, también entiendo que es obligación de los gobernantes identificar en todo momento quién tiene la sartén por el mango, puesto que un mal gesto en el momento equivocado puede pesarte como una losa en el futuro cuando vuelvas a requerir complicidades externas.

Por otro lado, ¿cómo se entiende que Ballesteros reclame la aprobación de los PGE (de los que depende esta aportación) cuando su partido ya ha anunciado que votará en contra? Desde mi punto de vista, el posicionamiento de nuestro primer edil no sólo no lo descalifica como político sino que le honra, puesto que demuestra su convencimiento de que un alcalde que merezca este nombre debe anteponer los intereses de sus convecinos a las estrategias de su partido: un planteamiento maximalista que perjudicase los objetivos locales no evidenciaría coherencia sino sectarismo.

Existe un tercer interrogante que no me atrevo a analizar, puesto que desconozco totalmente su respuesta: ¿el convenio del pasado martes garantiza, fuera de toda duda, la celebración de los Juegos? El tripartito local asegura que sí (qué va a decir), aunque las formaciones de la oposición no lo tienen tan claro. Y no les culpo, viendo lo que ha sucedido en nuestra ciudad con otros proyectos económica y estratégicamente vitales, en un pasado no necesariamente lejano. Esperemos que la maldición de Hipólito agotase su pandórico poder tras la firma de BCN World, y que el hijo del rey Teseo nos sea más benévolo en esta ocasión.

danelarzamendi@gmail.com

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