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La manipulación de las palabras

Quien se oponga a las leyes de la economía, que se tire por la ventana y verá si funciona la gravedad
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En una sociedad para que una clase dominante a través de una fuerza política alcance el poder y pueda conservarlo, debe alcanzar la hegemonía cultural, concebida no solo como dirección política, sino también como dirección moral, cultural e ideológica sobre las clases sometidas. La clase dominante se sirve de un conjunto de instituciones: educativas, religiosas, medios de comunicación para ‘educar’ a los dominados, para que estos vivan e interioricen su sometimiento y la supremacía de la primera como algo natural y conveniente, inhibiendo así cualquier potencialidad reivindicativa. Mas, ese poder monopolizado por una minoría y no repartido, cuando quiere gozar de estabilidad necesita gobernar también con argumentos.

En esta tarea son claves los intelectuales orgánicos que construyen un relato que fundamenta la ideología dominante. No escasean los que se prestan y se venden ante el poder. Los relatos son conocidos por todos: hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, hay que hacer un sacrificio colectivo para sacar de la crisis al país, debemos sanear las cuentas públicas, la privatización de los servicios públicos es algo positivo per se, cuando llegue el crecimiento llegará el reparto, la realidad económica es la que es y nadie puede cuestionarla. Como decía Vargas Llosa, quien se oponga a las leyes de la economía, que se tire por la ventana y verá si funciona o no la gravedad. Según Emmanuel Lizcano, así, nos imponen sutilmente descripciones de la realidad, bloquean otras posibles miradas y suscitan sentimientos de miedo e impotencia. Nos mantienen dormidos.

En ese relato es muy importante el uso que se hace de las palabras, que frecuentemente son tergiversadas, manipuladas, retorcidas y violentadas para ocultar determinadas realidades sociales. Como señala Juan Carlos Monedero en El gobierno de las palabras. Política para tiempos de confusión, desde los poderes establecidos las palabras nos han sido hurtadas, los significados han sido violentados, los discursos han sido encanallados, desde determinados Think tanks que además aparecen recubiertos con el disfraz de honorabilidad, debido al prestigio que siempre rodea al saber. En definitiva, relatos al servicio de modelos que sirven para la reproducción del marco existente, para la creación de una actitud conformista, herramienta de intereses particulares presentados como intereses generales e «instrumento de la mentira de Estado y del control de las opiniones». Ese es el principal estigma de nuestra época. Nunca fue tan eficiente el gobierno de las palabras. Veamos algunos ejemplos. Desde el gobierno de los populares nos dicen por activa, pasiva y perifrástica que son necesarias las «reformas estructurales». Lo que hay detrás de tales palabras son decisiones políticas que perjudican a la gran mayoría de la sociedad: reforma laboral, reforma de las pensiones, rescate a la banca… Hace unos días nuestra ínclita vicepresidenta del Gobierno, con esa carita angelical, nos decía que España estaba creciendo porque se había «modernizado». Detrás de esa palabra hay devaluación salarial, eliminación de derechos socio-laborales, destrucción del estado de bienestar, privatización de servicios básicos fundamentales para beneficio de una minoría... ¡Qué desfachatez! ¡Qué desvergüenza! Modernizar es machacar a la gran mayoría de la sociedad. Y ahora quiero fijarme en el uso y abuso de otras palabras para descalificar a una nueva fuerza política: populismo. La mayoría de la gente las usa sin saber qué significa verdaderamente. Hagan la prueba, yo la he hecho, y he comprobado que muchos desconocen su significado. Lo usan a modo de muletilla muchos dirigentes políticos, conspicuos tertulianos y gran parte de la ciudadanía. Están de moda. Cuando desconozco o no tengo claro el significado de un término, recurro al Diccionario de la lengua española. Mas en esta ocasión mi pretensión ha sido inútil, ya que populismo no está registrado. Y no está porque los expertos en ciencias sociales no se han puesto de acuerdo en su significado. Sin embargo, muchos de nuestros compatriotas al respecto parece que lo tienen muy claro. Lo mismo podría decirse de la palabra bolivariano. Hace unos días con cierta ingenuidad a un compatriota muy patriota, que usaba el término bolivariano, tuve la osadía de preguntarle por su significado. Realmente sentí vergüenza por la respuesta. Él no, por supuesto.

Y ahora se usa y abusa de la palabra radical para descalificar a Syriza y a otros partidos políticos ubicados a la izquierda, tratando de presentarlos y calificarlos como unas fuerzas políticas capaces de cometer todo tipo de desmanes y atropellos hacia la ciudadanía. Veamos cuáles han sido las primeras decisiones del gobierno de Alexis Tsipras. Acabar con la cruel austeridad que está produciendo tanto sufrimiento a la mayoría de la población, recuperación económica del país, desconocimiento de la Troika para negociar ya que no tiene legitimidad democrática alguna. Reestructuración de una deuda que, además de ser en buena parte ilegítima, es impagable. Lucha contra la corrupción y la evasión fiscal de los grandes empresarios griegos. Recuperación del salario mínimo que se había rebajado en un 30 %. Acceso universal al sistema público de salud y eliminación de los pagos, ya que un 30% habían sido excluidos del mismo. Readmisión de trabajadores injustamente despedidos. Suspensión de las reducciones de pensiones y del aumento de la edad de jubilación, que habían provocado el suicidio de Dimitris Christoulas, el jubilado de 77 años no sin antes dejar escritas las siguientes palabras «El Gobierno de Tsolakoglou ha aniquilado toda posibilidad de supervivencia para mí, que se basaba en una pensión muy digna que yo había pagado por mi cuenta sin ninguna ayuda del Estado durante 35 años. Y dado que mi avanzada edad no me permite reaccionar de otra forma (aunque si un compatriota griego cogiera un kalashnikov, yo le apoyaría) no veo otra solución que poner fin a mi vida de esta forma digna para no tener que terminar hurgando en los contenedores de basura para poder subsistir». Paralización de la privatización de sectores de las industrias eléctrica y petrolera, y de puertos y aeropuertos, todas ellas industrias estratégicas. Reinicio de la economía, apoyos a las empresas con riesgo de quiebra, protección de los empleos y creación de otros.

Si todas estas medidas son calificadas de radicales, al estar impregnadas de justicia social, de humanidad y de sentido común, yo me declaro también radical.

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