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La mano de Trump

Los aires nuevos con los que Europa estrecha la mano de Trump tardarán en llegar. Lástima

J.Moya-Angeler

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Cuando Donald Trump da la mano, o la suelta despreciativamente de inmediato o la sostiene en señal de aquiescencia. El domingo pasado tuvo que hacerse una foto saludando a Macron en la cumbre de la OTAN. Le dio la mano y quiso soltarla de inmediato. Pero no pudo. Macron lo tenía fuertemente asido. Lo intentó exactamente tres veces y Macron no le soltó. Lo hizo, finalmente, cuando consideró que era el momento oportuno. El mensaje era claro: Francia y Europa deciden los tiempos, los actos y las amistades dentro y fuera de Europa y por encima de los Estados Unidos. Es de esperar que Trump haya aprendido que no todo el mundo se pone a sus pies. En Francia, han aplaudido a rabiar.

He querido visitar París la semana pasada, a los pocos días de sus elecciones presidenciales. «París será toujours París» canta Zaz, la simpática y optimista cantante de moda. Pero, como también canta Zaz a dúo con Charles Aznavour, Paris en el mes de mayo es de un maravilloso e irresistible esplendor. La gente es optimista, se ve por las calles. Lo primero que vi fue la portada de L’Express: «La sociedad civil al poder. ¿Es bueno o es malo?» De momento, es esperanzador y toda Francia parece apostar por este giro que tiene el marchamo de marcar la política europea en los próximos años, como aquel mayo de hace casi medio siglo y que marcó el principio de una generación que, más o menos, despertaba de la posguerra.

Esa portada de L’Express que parece encerrar una duda, manifiesta una certitud: la sociedad civil se ha hecho con el poder, harta de políticos de carrera. En España, a los que subieron así al poder se les llamó tecnócratas, allá por los años 70. Y lo hicieron muy bien hasta que se convirtieron en políticos o marcharon a sus negocios de siempre. Entonces llegó el felipismo, y con él el llamado «desencanto» Sí, la sociedad civil al poder. Para escuchar a la ciudadanía y darle respuestas satisfactorias a sus necesidades y a los nuevos tiempos que corren. Gente que entienda que el poder es la herramienta más perfecta para ejercer de demócrata. Y a continuación, la pregunta: ¿Tenemos a gente así en España? Inevitablemente, la respuesta es decepcionante. El populismo arrasa y los conservadores saben vender bien su percal: que nada cambie para que el tinglado que tienen montado y que les permite ir tirando, se perpetúe. Si añadimos que este reino de España es también el reino de la mentira, concluiremos que los aires nuevos con los que Europa estrecha la mano de Trump tardarán en llegar. Lástima.

En Catalunya, donde parece que la inquietud nos lleva siempre más lejos, no solamente el Partido Popular no tiene éxito, como tampoco lo tiene la manera de ver el futuro de Susana Díaz, sino que Ciudadanos ha perdido desde las últimas elecciones un 30 por ciento de su electorado. 
Alguna similitud tenemos con las tendencias europeas y estamos más dispuestos a no soportar la actual situación. Más o menos es lo que desde esta Tribuna hemos estado diciendo repetidamente y sin fatiga en los últimos años. Comenzamos hace algunos años pidiendo una nueva transición y ahora defendemos la idea que seguir la corriente que ya ha fraguado en Europa.

En este sentido, por mucho que se atrinchere la derecha española (no por ser derecha sino por su vocación inmovilista), por mucho que los socialistas se renueven y entierren su pasado (Valls ya ha anunciado que el socialismo francés ha muerto y el PSOE va camino del cementerio) y por mucho que Ciudadanos pretenda decir lo que no hace con la corrupción, no es suficiente. Hay que romper ya con lo que no funciona. 

Coincide esta idea y esta necesidad de aires nuevos con el proceso catalán que, por otros motivos, plantea un cambio radical. Y parte del éxito del proceso radica precisamente en esto, en que ofrece un futuro muy prometedor y eso anima a amplios sectores a apoyar este cambio radical que significaría separase del resto de España. Esa separación tiene, en sí misma, todos los ingredientes de un cambio imprescindible. El cambio que va de dar la mano de forma sumisa, a darla con decisión para decir «somos lo que somos, y no lo que usted pretende imponer». Macron y los independentistas tienen el talento y las estrategias, y Trump y Rajoy sólo tienen la fuerza. El choque es apasionante.

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