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La mariposa catalana y el tornado madrileño

Para entender la frenética y delirante actualidad, puede que debamos abandonar las lógicas tradicionales y asumir que la evolución política es fruto de una mezcla entre el caos de Lorenz, la mediocracia de Deneault y la liquidez de Bauman

Dánel Arzamendi Balerdi

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Dánel Arzamendi Balerdi. Foto: DT

Dánel Arzamendi Balerdi. Foto: DT

El novelista Ray Bradbury publicó en 1952 un escrito donde hacía propio un viejo proverbio chino: «El leve aleteo de las alas de una mariposa se puede sentir al otro lado del mundo». Diez años después, el matemático y meteorólogo Edward N. Lorenz realizó la primera formulación de este efecto, ligado a la Teoría del Caos, durante una conferencia en el MIT: «Predictibilidad. ¿El aleteo de una mariposa en Brasil hace aparecer un tornado en Texas?». El libro Caos: la creación de una ciencia, de James Gleick, consolidó definitivamente este concepto, vinculado a sistemas complejos y dinámicos especialmente sensibles a pequeñas variaciones de las condiciones iniciales, como el clima o las cotizaciones bursátiles.

La política española se ha adentrado últimamente en unas turbulentas dinámicas que, sin duda, permiten categorizarla entre este tipo de modelos. Todo fluye de forma aparentemente anárquica, carecemos de una clase dirigente con una mínima solidez, y no hay nada que parezca resistir al paso del tiempo. En este sentido, para entender la frenética y delirante actualidad, puede que debamos abandonar las lógicas tradicionales y asumir que la evolución política es fruto de una inquietante mezcla entre el caos de Lorenz, la mediocracia de Alain Deneault y la liquidez de Zygmunt Bauman.

A mediados de febrero, el descalabro de Ciudadanos en las últimas elecciones catalanas aceleró una fuga masiva de dirigentes y afiliados que vaticinaba la posible desaparición de la formación naranja. En un intento por evitar la definitiva fagocitación popular, el partido de Arrimadas intentó virar hacia el centro político, apoyando en marzo una moción de censura de los socialistas murcianos. Este reposicionamiento hizo entrar en pánico a Isabel Díaz Ayuso, quien se apoyaba en los liberales para sostener su ejecutivo en la Puerta del Sol. Pese a las reticencias de los suyos, la nueva lideresa madrileña convocó elecciones anticipadas para principios de mayo, que han arrojado una victoria aplastante del PP. Este contundente resultado, además de representar el definitivo funeral naranja, ha provocado un terremoto en los partidos que conforman el gobierno español, con un PSOE desconcertado y un Podemos descabezado. En este sentido, el mal resultado de una formación menor en unas elecciones autonómicas ha terminado convulsionando los cimientos de la Moncloa tres meses después. Efecto Mariposa.

Como derivada colateral, son muchos los analistas que atribuyen el hundimiento socialista a la imagen crecientemente desdibujada del PSOE para un importante sector de sus simpatizantes, debida en parte a la actual estrategia de pactos de Pedro Sánchez con los independentistas. El siniestro total de Ángel Gabilondo y la espantada de Pablo Iglesias podrían afectar de forma significativa al coqueteo socialista con ERC. La eventual ruptura de puentes probablemente favorecería la compactación del secesionismo, facilitando la conformación del nuevo Govern, lo que completaría un curioso efecto boomerang absolutamente impredecible. Paradójicamente, el éxito de Salvador Illa, con un mensaje de entendimiento transversal que logró arrastrar a gran parte del antiguo electorado de Ciudadanos, podría terminar reforzando la política de bloques en el Parlament, después de varios saltos mortales por Murcia y Madrid. Si esta secuencia no es vinculable a la Teoría de Caos, que baje Dios y lo vea. Aun así, sería reduccionista atribuir en exclusiva el batacazo del PSOE a las estrategias de la Moncloa. Como mínimo, son cuatro los ingredientes que deberían añadirse a la receta de este cocido madrileño, sumamente indigesto para los socialistas.

Por un lado, Ferraz presentó un pésimo cabeza de cartel en los tiempos que corren. Ángel Gabilondo es un dirigente con unos modales versallescos, intelectualmente serio y riguroso, con una dilatada trayectoria universitaria, un gran prestigio profesional y una actitud permanente de diálogo… todas ellas características incompatibles con el candidato que se lleva hoy en día. El perfil que actualmente abarrota las listas electorales es el vendemotos sin oficio ni beneficio, inmaduro y prepotente, con un discurso demagógico y superficial, que grita sus eslóganes más fuerte que su adversario, no le abochorna entrar en la descalificación personal, y sabe publicar ocurrencias retuiteables. Como dirían los hermanos Cohen, no es país para viejos.

Para colmo, el bamboleo estratégico que los asesores de campaña impusieron al pobre Gabilondo podría explicar su percance cardíaco, afortunadamente leve. De un día para otro, este catedrático de Metafísica y exrector de la Universidad Autónoma de Madrid pasó de rechazar explícitamente a Podemos («No estoy diciendo que Pablo Iglesias no sea una persona capaz de tener puestos de responsabilidad, pero el gobierno que queremos no incluye esos extremismos»), a lanzarle los tejos de forma descarada («Pablo, tenemos doce días para ganar las elecciones»).

En tercer lugar, se sabía que la forma de responder a la pandemia iba a marcar la campaña, y la derecha ha dicho a los madrileños lo que la mayoría de ellos quería oír. Gran parte de la ciudadanía llegaba a estos comicios psicológica y económicamente exhausta tras un año de asfixiantes restricciones, con peligro real para su propia supervivencia laboral o empresarial. Y el resultado está a la vista. Ahí tenemos el numerito de Nacho Cano, reimponiendo a la presidenta la Gran Cruz de la Orden del Dos de Mayo, en agradecimiento por mantener los teatros abiertos. Panem et circenses.

Y, por último, el PP también ha sabido conectar con un sentimiento ampliamente mayoritario entre las clases medias de mentalidad liberal: la aversión a los sermones. Este fenómeno perjudicó en el pasado al conservadurismo, al que se reprochaba el intento de instaurar una tiranía moral. Pero ahora las tornas están cambiando, fruto del creciente listado de dogmas que determinada izquierda pretende imponer. La evolución en este combate cultural quizás marque las tendencias electorales de las próximas décadas.

Colaborador de Opinió del ‘Diari’ desde hace más de una década, ha publicado numerosos artículos en diversos medios, colabora como tertuliano en Onda Cero Tarragona, y es autor de la novela ‘A la luz de la noche’.

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