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La muerte virtual, imposible. Nuestra huella digital es permanente

Trabajador del futuro. Asoma una nueva figura: el notario de lovirtual, el ejecutor de un testamento de nuestra vida en las redes sociales. El usuario promedio de internet cuenta con alrededor de seis

NATÀLIA RODRÍGUEZ

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NATÀLIA RODRÍGUEZ

NATÀLIA RODRÍGUEZ

Suele decirse que uno se muere cuando nadie lo recuerda. Quizás la festividad de Todos los Santos nos debería permitir reflexionar sobre la nueva muerte. La muerte digital, esa que permite que nuestro recuerdo perdure… ¿para siempre?

Queremos trascender: en un Más Allá religioso, en la vida después de la muerte laica que implica dejar una obra, una casa, los hijos, o en el recuerdo de quienes estuvieron a nuestro lado. Esa ilusión ayuda a negociar con la muerte en términos algo menos vertiginosos. Ahora, sin embargo, esa vida después ya existe, es una realidad: es el más allá digital. Por supuesto, ahí queda nuestro rastro, pero no nuestra conciencia --lo que sería la verdadera inmortalidad ¿Quién no tiene un sobresalto cuando aparece en los recuerdos de Facebook ese amigo muerto hace un año o los padres, de vacaciones en 2015, entonces ancianos, hoy ya cremados? Todo esto puede evitarse cambiando las configuraciones, pero la mayoría de la gente tiene una relación intensa pero a la vez muy casual con la tecnología, incluso crédula. Y la muerte en las redes sociales es un asunto particular con reglas propias.

Desde hace unos años crece la preocupación por la herencia digital. Todo lo que hacemos online es nuestra huella digital: eso es permanente. No solo las fotos y los post: los viajes que le pedimos a Uber, los recorridos en GoogleMaps, lo que vemos en YouTube, cada búsqueda. Todo es rastreable: es una historia paralela y con frecuencia secreta. La pantalla es una compañera de la intimidad a la que acudimos para vivir esa fantasía sexual inconfesable, ese fetiche secreto, esa curiosidad malsana. Pero la pantalla no guarda nuestros secretos y esos recorridos siguen y seguirán ahí, todos los grupos cerrados donde descargamos obsesiones y odios, todos los foros en donde penetramos de madrugada para ver cosillas morbosas, todos los chats virtuales que preferiríamos mantener en la discreción.

Controlar es el verbo. Algunos dirán: «qué me importa, si ya estoy muerto», y tendrán razón. Pero la mayoría no es tan razonable y quiere disponer de cómo serán manejadas sus redes sociales después de la muerte. Irse no es fácil en vida, como lo sabe cualquiera que haya intentado borrar su perfil. Una vez muerto, la dificultad se duplica.

El 41% de usuarios de redes sociales le ha mandado un mensaje a un muerto

Facebook, sigue siendo la red favorita de todos. Es como un DNI. En Facebook, si el muerto no decidió previamente qué hacer con su perfil -es posible hacerlo de antemano pero casi nadie es tan previsor- los deudos pueden contactar a la red social para hacer tres cosas: desactivar, borrar o memorializar, es decir, mantener el perfil activo y convertirlo en un memorial virtual donde la gente puede dejar sus tributos, recordar al muerto en fechas significativas y demás. Twitter es más sencillo, porque desactiva las cuentas después de unos seis meses de inactividad. Por supuesto, alguien puede hackearla y relanzarla. Instagram, por su parte, también memorializa o borra una cuenta si se le dan instrucciones y con la documentación correcta.

Seguir enumerando resultaría repetitivo, pero es bueno recordar que muchos usuarios tienen además Linkedin, Pinterest, Snapchat, YouTube y tampoco hay que olvidar las cuentas de Amazon o la opción de shopping favorita. Hoy el usuario promedio de internet cuenta con alrededor de seis redes sociales activas, incluyendo foros específicos, apps de conversaciones, grupos de interés especial, canales de hobbies…

Es obvio que manejar todo esto no es una tarea fácil: es un trabajo. De hecho, se recomienda que el ejecutor del testamento digital no sea el tío que olvida la contraseña de Netflix, sino alguien más avezado en cuestiones tecnológicas. Asoma una nueva figura, un trabajador del futuro: el ejecutor digital, una persona especialista en este trabajo a quien se puede contratar. El Notario de lo virtual, el ejecutor de un testamento de nuestra vida en las redes sociales. Hay que pensar que, como en el Cielo en relación a la Tierra (si se cree en esas cosas), en Facebook pronto habrá más muertos que vivos. Un dato: hoy, el 41% de las personas que usan redes sociales le han mandado un mensaje a un muerto. En público o en privado. Por error o como conmemoración.

Cada persona hace su duelo de manera distinta. En las redes, la muerte usa formas palabras y expresiones que suelen ser mecánicas y estandarizadas. Las redes sociales abrieron un espacio público para la muerte usando la fórmula «yo soy…». Llevamos unos años que todos hemos sido París, Barcelona, Charlie, etc. Gracias a las redes sociales, hemos conseguido que la muerte sea un hastag que nos lava la conciencia.

* Periodista. Nacida en Tarragona, Natàlia Rodríguez empezó a ejercer en el Diari. Trabajó en la Comisión Europea y colabora en diversos medios. Vive entre París y Barcelona.

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