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La paradoja del turismo

Debe haber un término medio entre no hacer nada y limitar los flujos del turismo
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Barcelona, una de las grandes metas turísticas internacionales, está a punto de morir de éxito: la aglomeración de visitantes en ciertas épocas del año es excesiva, insoportable, tanto para los propios habitantes de la urbe cuanto para los transeúntes, que sienten el agobio de las muchedumbres sin control y perciben cierta desnaturalización de la urbe, que no se muestra realmente tal cual es, tal cual sería. si la inundación humana no le hubiese afectado. El problema, es obvio, no sólo es de Barcelona: Venecia, por ejemplo, tiene un problema semejante, aunque en grado superlativo.

¿Qué hacer en estos casos? ¿Restringir el turismo, evitar la construcción de más hoteles, impulsar otras actividades alternativas que fijen la población al terreno? ¿O acceder a la corriente turística, permitir que la ciudad pierda su antigua esencia y se convierta toda ella en escaparate, como si fuese de cartón piedra? De hecho, muchos de los reclamos turísticos españoles ya han perdido su aura genuina por la masificación incontrolada.

Debe haber un término medio entre no hacer nada y limitar drásticamente los flujos del turismo, que son riqueza y desarrollo. Lo difícil está en encontrarlo, en graduar la política adecuada. Y sin embargo, se ven pocos debates sobre el particular. Quizá deberíamos apresurarnos a emprenderlos.

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