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La parte contratante

Nosostros hacemos a nuestros enemigos, pero Dios hace al vecino de al lado

Manuel Alcántara

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Algunos están contentos por haber encontrado un puesto de trabajo, pero desgraciadamente son mayoría de los que lamentan la misma circunstancia. A eso le llaman «precarización del mercado». Es muy triste no tener trabajo, pero tampoco es alegre tenerlo y que su recompensa sea un dinero que en la mano no se ve. De los más de 17 millones de contratos temporales firmados el año pasado, que según costumbre falleció en diciembre, muchos fueron a tiempo parcial.

Nunca ha habido tantos eventuales ni jamás los eventuales han durado tan poco. Hola y adiós. A todos les hace falta tener una gran memoria para acordarse de sus compañeros de trabajo, ya que fueron vistos y no vistos, ya que estaban de antemano vistos para sentencia. Dicho de otro modo más aritmético, pese a la relativa recuperación económica, la duración media de los contratos ha encogido últimamente. Antes era de setenta y tantos días, tiempo suficiente para saber si a alguien le cae simpático su compañero, o cincuenta y tantos días, lo que generalmente sólo permite darse cuenta de los que caen fatal.

En la amistad también se dan flechazos, aunque no dependan de Cupido, el ciego que «apunta y atina, caduco dios y rapaz». Todo lleva su tiempo. De ahí el prestigio del vino y de los amigos, que nunca son de un día para otro y precisan un tiempo de maduración. Las contrataciones temporales están impidiendo esa hermosa virtud. Chesterton decía que somos nosotros los que hacemos a nuestros amigos y nuestros enemigos, pero Dios hace a nuestro vecino de al lado. Los señores de Bruselas aseguran que la recuperación no está mejorando los índices acusadores de pobreza, porque llega con retraso al empleo y con mayor retraso aún a los que llaman «desfavorecidos», o sea a los pobres de pedir aunque nadie les dé nada por más que pidan. No debieran solicitar trabajo, sino compañeros de trabajo. Sería señal de que al menos una de las dos cosas abundan

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