La paz imposible

A la violencia tradicional está sumándose la violencia artificial que inconscientes propugnan algunos juegos belicosos fruto de los avances tecnológicos y ciertos programas difundidos a través de la TV 

Diego Carcedo

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La paz imposible

La paz imposible

Cuando escucho o leo noticias de guerras, de terrorismo, de violencia, en definitiva, no puedo evitar acordarme de unas frases que escuché hace años a un experto norteamericano en prospectiva sobre cuestiones internacionales. Acababa de darse por liquidada la que parecía interminable Guerra Fría y le pregunté, enseguida comprendí que ingenuamente, si por fin estaría llegando la ansiada paz en el mundo. Sonrió en tono escéptico y me contestó: «En absoluto. El hombre es incapaz de vivir en paz. Ese es nuestro drama colectivo.

Los enfrentamientos entre los seres humanos son consustanciales con nuestra existencia». Y como ejemplo, para mi doblemente doloroso, me recordó el terrorismo salvaje que ETA estaba practicando en Euskadi, por cierto, del cual algún responsable pide estos días perdón.

Desde entonces la violencia no ha dado tregua en el mundo: los conflictos armados se han venido sucediendo por todo el planeta. Además de los tradicionales, como el del Próximo Oriente o el Sahara, ahora con la lacra del yihadismo que se renueva a diario en el empeño por matar a quien le salga al paso creyendo que eso es lo que agrada a un dios al que paradójicamente se adora por su bondad, caridad y comprensión.

A la violencia tradicional está sumándose la violencia artificial que inconscientes propugnan algunos juegos belicosos fruto de los avances tecnológicos y ciertos programas difundidos a través de las televisiones en que la muerte se ha convertido en un elemento de competición deportiva y de factor de entretenimiento de un subconsciente que, sin percatarnos, absorbe la naturalidad de unas escenas brutales. Resulta difícil aceptar que la industria del entretenimiento esté llegando a unos límites cuyas consecuencias se vislumbran nefastas.

Y más difícil aún es que bajo el argumento de la libertad, se permita que ese género de espectáculos audiovisuales se difunda y lleguen fácilmente a las mentes en desarrollo de los niños. Lo malo de las cosas buenas, y la libertad de expresión, pensamiento y exhibición es una de ellas, es que se desborden y caigan en la tentación de rebasar los límites. El tema cobra estos días especial actualidad con la emisión de una serie coreana titulada El juego del calamar, que, partiendo de la puesta en escena de las propias vidas de los actores, genera el entusiasmo casi colectivo.

Como un moderno circo romano, rememorando para más inri un entretenimiento infantil, resalta la trivialidad de la vida con una precisión y una estética sanguinolenta que apasiona y probablemente contagia a los subconscientes.

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