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La peor Contra del año

El 8 de enero es el sumum cum laude de lo abominable. Existe para comprobar, un año más, que somos incapaces de cumplir las promesas que nos hacemos a nosotros mismos 

Natàlia Rodríguez

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Esta es la peor Contra del año. La peor posible de las 365 que este periódico publica religiosamente y que ustedes leen más o menos en diagonal, con mayor o menor interés. Imagino que ha sido fruto del azar que me haya tocado a mí. O a lo mejor es fruto de una conspiración de la mesa de redacción para largarme esta fecha, sabedores como son de que no voy tampoco a ponerles muchas pegas.

Pero para escribir un 8 de enero lo que se necesita es disciplina, porque en un 8 de enero ni la imaginación, ni la experiencia, ni la maestría en el oficio sirven de nada. Seamos sinceros, enero ya es de por sí espantoso, pero el 8 de enero es el sumum cum laude de lo abominable.

Se ha terminado ese periodo Saturnal en el que todo está permitido, ya no hay más niño Dios, ni más Reyes Magos, la magia se ha evaporado, si es que la ha tenido en algún momento. Incluso los cuñados –esos seres incomprendidos– se han difuminado. Estamos solos ante el año que empieza y lo hace a modo de cascada de hielo del Everest. Es decir, llena de grietas por las que precipitarse, de avalanchas mortíferas, de posibles resbalones que se llevan todo por delante. Peor, imposible.

No se trata de haber comido mucho, que también; no se trata de haber bebido mucho, que por supuesto; no se trata de haber gastado demasiado, que es algo de una obviedad rutilante. Se trata sencillamente de que volvemos de nuevo a empezar lo mismo, como ratones en una noria, sin poder escapar ni de la rutina ni de la realidad que nos tiene prisioneros. Y encima lo hacemos con la tarjeta de crédito tiritando como lo haríamos nosotros en paños menores en medio de la tundra siberiana. 

No hay mucho que hacer. Esperar a que pase, como el resfriado o como la gripe. Nos podemos esconder debajo de las sábanas, o huir a un pueblo abandonado. También podemos volvernos vegetarianos o, peor aún, veganos, o someternos a una cura de desintoxicación a base de infusiones de vaya-usted-a-saber-qué. O meditar sin que el lumbago nos escueza.

O hacer yoga, eso sí, apuntarnos a un centro de yoga que huele a incienso y que hará que nuestro chakra número 16 se alinee con el número 66 y de ahí una renovación espiritual y esencial de esas que hacen que uno flote en el nirvana. Podemos incluso hacernos el firme propósito de cambiar de vida. Escribir listas llenas de intenciones firmes.

Poner a Dios por testigo varias veces, decidir abandonar la Nutella, o el tabaco. O ambos. Perder kilos. Ganar amigos en Instagram. Ir a visitar a la familia más a menudo. Salir a correr. Abonarse a una revista de Mindfullness (no pregunten). Beber dos litros de agua. Comer verduras kilómetro cero a precios desorbitantes. Hacer más el amor. Hacer menos el crápula.

El 8 de enero existe para comprobar, un año más, que somos incapaces de cumplir las promesas que nos hacemos a nosotros mismos. Igual no tiene importancia, ya que las promesas importantes son las que hacemos a los demás, a los amigos, a la familia o incluso al medioambiente. Esas hay que cumplirlas si se quiere sobrevivir a este día aciago. Así que respiren, aprieten los dientes y disimulen. Mañana ya será 9 de enero y lo peor habrá pasado. 

Nacida en Tarragona, Natàlia Rodríguez empezó a ejercer en el Diari. Trabajó en la Comisión Europea y colabora en diversos medios. Vive entre París y Barcelona.

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