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La pesadilla de un mundo sin libros

Los compañeros de mis estanterías. Sin los libros no habría superado estos meses con la misma gallardía. Si he encontrado fuerzas para seguir adelante, es gracias a los mundos que me han proporcionado los libros

Natàlia Rodríguez

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Natàlia Rodríguez

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La ficción es una de las actividades humanas más placenteras. Es una de las más difíciles, sí; pero cuando está impulsada por un deseo profundo, es una de las más placenteras. La ficción es también algo parecido a una intuición corporal, o un conocimiento encarnado, algo que sentimos cuando nuestra mente es capaz de atravesar la malla del presente, e imaginar algún lugar/algo distinto. A veces, cuando intentamos asomarnos a ese otro lugar, lo que vemos es demasiado doloroso, chocante o simplemente abismal. Pero tenemos que mirarlo de todos modos, y hacer algo con él. La palabra ficción, de hecho, viene del latín fingere, que significa «dar forma», y originalmente, «moldear algo de arcilla». No en vano las tablillas de arcilla fueron los primeros receptores de las palabras. La ficción no trata de inventar algo que no es cierto, sino de crear sobre la base de algo que ya existía. La ficción requiere una combinación de perspicacia, experiencia, retrospectiva y previsión. 

Siempre escribí a mano con una pluma estilográfica el primer borrador. Después viene el ordenador para las versiones sucesivas. Con el advenimiento de la computadora creí poder abandonar la escritura manual, la estilográfica que rasga una fibra del papel. Craso error. 

Sé muy bien que esto parecerá irracional pero pienso que escribir no es compatible con el ordenador para el primer borrador. Lo que sucede más tarde no difiere de una corrección de pruebas. Esto no vale, sin embargo, para la primera redacción. Es un hecho visual que el ordenador es incapaz de reproducir. 

Puedo imaginarme a algunos moviendo la cabeza y diciéndome: «Todo eso también se puede hacer con el ordenador.» Sé que nunca conseguiré convencerlos –y, aún más claramente, sé que ellos no me convencerán a mí–. 
Otro argumento: la inmaterialidad virtual de cualquier pantalla exalta las imágenes, como en los años gloriosos del cine, cuando las salas se parecían a templos babilonios que convergían sobre una epifanía blanca y negra; pero debilita la palabra, que exige un fondo opaco, resistente –papel o arcilla o piedra–. 

El movimiento de la mano que escribe sobre el papel es una extrema, miniaturizada variante del de la mano que dibuja. Mientras que el repiqueteo de la mano que teclea se parece una taladradora de obra pública.

En este último año de aislamiento y duda habré leído un poco de todo. Una panoplia de autores e historias. Incluso algunos libros inconfesables pero muy placenteros. Seguramente porque toda literatura tiene su momento. En cualquier caso, puedo decir, sin un ápice de duda, que sin los libros no habría superado estos meses con la misma gallardía. Si he encontrado fuerzas para seguir adelante, si he mantenido el entusiasmo y la compostura, es gracias a los mundos que me han proporcionado los libros. Cada vez, he encontrado consuelo en los compañeros que viven en mis estanterías.

 ¿De qué tengo miedo? Tengo miedo de muchas cosas. De la pérdida, del abandono, de la muerte, de la violencia política, de la violencia gratuita, del cambio climático y de la enfermedad. Pero tengo especialmente miedo de que nuestros espíritus se oxiden, de no tener una narrativa en la que creer, de no tener un espacio común en el que escucharnos y entendernos profundamente. Tengo miedo, en otras palabras, de un mundo sin libros. Un mundo en el que la experiencia y la imaginación no encuentren un espacio donde compartir. 

* Periodista. Nacida en Tarragona, Natàlia Rodríguez empezó a ejercer en el Diari. Trabajó en la Comisión Europea y colabora en diversos medios. Vive entre París y Barcelona.

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