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La provocadora sede del BCE

Es inadmisible que las instituciones europeas derrochen el dinero público y se comporten con la más absoluta insensibilidad

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Cuando la crisis comienza a ceder pero se mantienen casi íntegras todavía las secuelas que han dejado la doble recesión y las políticas de austeridad, trasciende que el Banco Central Europeo, la entidad emblemática de un modelo de desarrollo controvertible, se estaba construyendo desde hace doce años una sede a la que esta vez le cabe perfectamente el calificativo de faraónica: dos rascacielos poligonales unidos de 43 y 45 plantas, que integran en su seno la antigua nave de la Grossmarkthalle, un edificio industrial que data de 1928, protegido como patrimonio arquitectónico y que ha sido escrupulosamente respetado, restaurado e integrado en el concepto, de forma que sirve de entrada principal al banco y a su área pública. El ostentoso edificio, obra del arquitecto Frank Stepper, ha costado 1.300 millones de euros. Un 50% más de lo que había sido presupuestado. Este martes pasado fue la inauguración oficial del monumento, y, como es conocido, una muchedumbre de militantes antiausteridad provocaron importantes y violentos disturbios que se saldaron con cerca de 350 detenciones a cargo de miles de policías. Es inadmisible que en la Unión Europea, donde la libertad de expresión es incontestable, las discrepancias se manifiesten a golpes. Pero también lo es que las instituciones europeas derrochen el dinero público y se comporten con la más absoluta insensibilidad hacia los sentimientos de los ciudadanos.

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