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La sal de la tierra

La ciencia que estudia las culturas se llama Historia y comienza asociada a la Religión
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El verdadero motivo del desarrollo lenguaje humano fue chismorrear. Desde tiempo inmemorial nuestros ancestros cazaban y recolectaban sin tener la menor curiosidad por la vida del vecino ni destacar sobre los demás animales. La necesidad de cotillear se produjo setenta mil años atrás por una mutación en la sexta capa del cerebro.

Durante dos millones de años el homo habilis nunca vivió en comunidades mayores que el número de propietarios de un bloque de pisos de cualquier barrio, precisamente porque no se fiaban de los desconocidos y cuando se te acercaba un semejante no sabían si su sonrisa ocultaba un garrote en la espalda.

No sé si ese gen del habla (Foxp2) fue el eslabón perdido del alma, pero de convivir en clanes de un máximo de ciento cuarenta individuos, pasamos a habitar en ciudades.

Sucedió así: Esa curiosidad nos proporcionó la capacidad de inventar a diferencia de los chimpancés, y con esa ficción creamos los mitos. Sólo los mitos nos permitieron acercáramos a un extraño a costa de creer que por creer lo mismo que nosotros, actuará de forma similar. Y esa confianza basada en una conducta previsible, nos transformó De Animales a Dioses que así se llama el libro que lo explica mucho mejor.

La ciencia que estudia las culturas se llama Historia y comienza asociada a la Religión que cumple una función normalizadora al establecer un código de comportamiento de los individuos que nos autoriza a sonreír sinceramente al extranjero del 3º, B.

El código de conducta respetado por nuestras culturas judío-musulmán-cristiana son los Diez Mandamientos, y el mito el profeta Moisés a quien se atribuyen los cinco primeros libros del Antiguo Testamento que le fueron revelados directamente por Dios y recogen la Ley perfecta para los hijos de nuestros hijos hasta que pasen los cielos y la Tierra.

El primero es el Génesis y, según el egiptólogo David M. Rohl, el Paraíso Terrenal se hallaba situado a orillas del Lago Urmia que en nuestros días se encuentra en fatal proceso de desertización por la alta salinidad. Hace pues coincidir la Creación con los primeros pasos de una civilización surgida hace once mil quinientos años entre las fronteras de Turquía e Irán, cerca de los yacimientos sumerios de Irak, la Antigua Mesopotamia.

El segundo libro del Pentateuco, Éxodo, sitúa en el interior de la Biblia al narrador, Moisés, un inmigrante israelita de segunda generación que nació en Egipto en el siglo XIII a. de C. en plena burbuja inmobiliaria de templos durante el reinado del faraón más envanecido jamás encarnado.

Para seguir metiendo pastillas de Religión en migas de pan de la Historia y dorar la píldora de la verosimilitud con nuestra realidad, hay un tema espinoso que ha provocado la prohibición en Egipto de la película Éxodo. Dice la Biblia que los israelitas marcharon huyendo de la tiranía de Ramsés II, -Moisés mata a un capataz que fustiga a un esclavo-, mientras que los egipcios sostienen que el faraón deportó a los hebreos porque estaban reventando precios de la mano de obra y provocando las primigenias huelgas generales.

Según cuenta la película, cuando Moisés abrió las aguas del mar Rojo para alcanzar la Tierra prometida, huía del tercer faraón de la XIX dinastía del Antiguo Egipto, una civilización extinta con sus propios mitos como el de que los faraones no podían representarse en vida como dioses.

Para comprender el endiosamiento de Ramsés II, basta saber que no llevaba bien el tema de la divinidad limitada y no pudo resistirse a deificarse en una cámara excavada en la roca. Cuando alcanzas el santuario, te ciscas literalmente al ver tallado en la roca, mirándote, a Ra-Horajti, a Ramsés, a Amón y a Path. Sobre todo cuando el día de su proclamación los primeros rayos solares iluminan a tres de las cuatro estatuas, pues ‘el dios del inframundo’ increíblemente permanece en penumbra para indicar la naturaleza imperecedera del faraón, quien, como tantos dioses, ha terminado muriendo por falta de adoración.

Todo esto del guerrero que amó a Nefertari viene a cuento de un jihadista hipster que lleva unas gafas de pasta de diseño y estudió en el liceo francés de El Cairo, quien no hace mucho se hacía selfies exhibiéndose en el gimnasio y ahora twittea una imagen a caballo, blandiendo un sable, y una cesta con cabezas decapitadas que evocan pinturas de mártires.

Pareciera que en el hombre se haya producido la mutación genética perdiendo el eslabón y desvirtuando a los mitos que nacieron para procurar la convivencia; pero como la Religión nos habla de la Justicia de Dios y la Historia nos demuestra que no se corresponde con las injusticias que se cometen en su nombre, hacer chistes es jugar con fuego. No hay que preocuparse, todavía guardamos en la memoria genética escudriñar la mirada del extraño que sonríe por si en la mochila esconde una llama apocalíptica siete veces más abrasadora que cualquier materia inflamable de este planeta.

Regresamos a la Antigua Mesopotamia en dónde la civilización sumeria surgió desde la prehistoria, y el Estado islámico desciende por el Tigris con banderas negras que tiñen sus aguas de rojo. Saddam Husein dijo cuando Irak fue invadida, ‘Esta será la Madre de todas las Batallas’. Y Bill Clinton le respondió, ‘Será el Principio de un Nuevo Orden Internacional’.

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