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La segunda caída de Mario Conde

Mario Conde, convertido en un juguete roto, ha vuelto a caer en manos de la Audiencia Nacional

Antonio Papell

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La detención de Mario Conde pone fin al intento de normalizar su vida que había realizado el expresidente de Banesto tras salir de prisión definitivamente en 2005, para lo que fue repatriando el cuantioso caudal que, según las últimas informaciones, había acumulado en el extranjero, parece ser que como fruto del expolio del banco que le fue intervenido.

Conde nunca devolvió las grandes cantidades que le reclamaron los tribunales en las sucesivas condenas, pero al parecer tampoco la Justicia fue diligente a la hora de incautarle las propiedades que atesoraba. Lo cierto es que el exbanquero llevaba un opulento tren de vida y al mismo tiempo aparecía con una fuerte deuda en la lista de morosos que hace unos meses publicó Montoro por primera vez.

El caso de Mario Conde tiene un cierto valor sociológico porque su figura representó un canon de éxito en los años ochenta y primeros noventa. Abogado del Estado, se enriqueció lícitamente a través de la venta a una compañía italiana de la compañía Antibióticos, propiedad de la familia Abelló, percibiendo una cuantiosa comisión.

Después, con ínfulas de empresario, entró en el negocio bancario y llegó a alcanzar la presidencia de Banesto en medio de una gran admiración social, que le deslumbró. Mimado por las elites, adulado por el sistema mediático, cayó en la tentación de intentar el salto a la política, pero las fuerzas vivas de la época –con González y Aznar al frente– le cerraron el paso. Lo cierto es que aquel intento se frustró el 28 de diciembre de 1993 cuando el Banco de España intervino la entidad, alegando el grave quebranto que había producido la gestión de Conde. Muchos llegamos a la conclusión de que, aunque el banquero hubiera jugado sucio en Banesto, la realidad era que se había cerrado sobre él una pinza, dispuesta a pararle los pies y a impedir que estorbase como un intruso en el mundo cerrado de los partidos políticos.

Concluyó así un periodo de desenfreno financiero, la época de la ‘cultura del pelotazo’, en un país, España, en que como dijo el ministro –socialista– de Economía Carlos Solchaga era más fácil enriquecerse que en cualquier otro. Conde, descarado y exhibicionista, símbolo del triunfo y modelo de la autorrealización personal, fue halagado hasta la náusea por las instituciones, por el mundo de la cultura, por todas las elites significativas de la sociedad civil. Y olvidado en el acto, como es natural, en cuanto el ídolo perdió los pies de barro y cayó al lodo.

Tras su salida de prisión, Conde no se eclipsó sino que siguió apareciendo en algunos medios de comunicación e incluso intentó el salto a la política, a través del CDS –el partido que había fundado Suárez– y más tarde a la política autonómica gallega mediante el partido Sociedad Civil y Democracia que él mismo fundó, en ambos casos sin éxito. Su figura desacreditada resultaba patética, sobre todo cuando intentaba convertirse en referente ético y dogmatizar sobre cuestiones morales en las tertulias televisadas.

Ahora, convertido en juguete roto, ha vuelto a caer en manos de la Audiencia Nacional, junto a sus hijos y a un grupo de colaboradores, delatado al parecer por haber montado una red que le permita repatriar el dinero que supuestamente escondió fuera para garantizarse el futuro.

En esta sociedad tecnológica, es cada vez más fácil el control y cada vez más difícil pasar inadvertido a los ojos de Hacienda. Esta segunda caída contribuye evidentemente a enterrar el mito del genio financiero, que saca petróleo de las piedras y que merece por su temperamento el liderazgo social. Por fortuna, desde que estalló a aquel escándalo han cambiado también nuestros valores y se va imponiendo la cultura del esfuerzo, de la inteligencia, del trabajo bien hecho y de la discreción sin alardes de nuevo rico.

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