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La segunda crisis a la derecha

Hay que proceder a una reconstrucción política para una total rehabilitación
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La derecha moderada española desempeñó durante la transición, en inteligente proceso dialéctico con el PSOE y el concurso insustituible del PCE y de los nacionalismos, un papel decisivo en la construcción del régimen democrático. Aquella Unión de Centro Democrático formada por la convergencia de liberales, socialdemócratas, democristianos, ‘azules’ -procedentes del sector falangista del régimen anterior- e independientes de variado pelaje realizó, con grandes dificultades, una ingente tarea auspiciada por el Rey Juan Carlos y por el presidente Adolfo Suárez: estabilizar la socioeconomía, urdir el gran consenso político constitucional, asentar el nuevo régimen y ponerlo en marcha para que fuera capaz de sobrevivir sin sobresaltos.

Concluida aquella tarea, la UCD, carente de verdadero engrudo y de sentido unitario, terminó desmoronándose y desapareciendo. Sus cuadros fueron a nutrir las filas del PSOE y de Alianza Popular, la formación conservadora creada por Manuel Fraga todavía con tintes neofranquistas que fue un cajón de sastre y que sólo se convirtió en verdadera opción de gobierno cuando procedió a su renovación generacional, ya con Aznar al frente del refundado Partido Popular.

El ‘caso Rato’, que muestra el declive moral de quien ha representado la esencialidad de las ideas económicas de la derecha española, y que ha alcanzado las mayores cotas de autoridad en la materia dentro del país -vicepresidente económico y ministro de Economía y Hacienda- y fuera de él -director gerente del FMI-, ha sido un duro golpe para la credibilidad de la derecha española. El desentrañamiento del ‘caso Bárcenas’ llena de podredumbre las interioridades del Partido Popular. Y los escándalos de corrupción en Madrid y Valencia -por no citar más que las comunidades más contaminadas- de la mano de verdaderas mafias, así como las noticias de que diputados relevantes han estado a sueldo de constructoras con relaciones estrechas con las administraciones públicas, dan idea de la degradación de una formación política que se ha cargado de sospechas y recelos, y que requiere una refundación integral que haga posible su reconciliación con la horrorizada opinión pública.

Rajoy, optimista, parece todavía confiado en que los buenos datos económicos le redimirán. Es mucho suponer. Pero en cualquier caso, habría que estar ciego para no ver que las fisuras aparecidas en la formación que preside no se cierran con buenas palabras. Hay que proceder a una reconstrucción política, que será condición sine qua non para una completa rehabilitación.

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