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La tauromaquia catalana

En la muy catalana Cardona las primeras corridas documentadas fechan del año 1409
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Escribía Will Durant que una cultura no era conquistada desde fuera hasta que no se ha destruido a sí misma desde dentro. La tradición es el vínculo que fortalece nuestra identidad y que hace que las personas no nos limitamos a ser un conglomerado de individuos, sino que formemos comunidades en las que compartimos un sentimiento de pertenencia que manifestamos mediante nuestras costumbres. En la misma línea se pronunciaba Castellani, quien decía que el hombre es un buscador de vínculos, un ser habitado de «tradición». Bien conocedores de esto, los separatistas no cesan en su intento de vaciar de contenido la idea de España, a reducirla a una mera aglomeración de infraestructuras burocráticas, a un esqueleto híbrido extraño e insustancial. No en vano se refieren a nuestra Nación como Estado Español, o llanamente, Estado.

En este proceso de ingeniería social, determinadas voces mediáticas generosamente subvencionados se esfuerzan en mostrar la práctica tauromaquia como un espectáculo bárbaro, con un regustillo a flamenquismo y profundamente anticatalán. Nada más lejos de la realidad, en la muy catalana ciudad de Cardona las primeras corridas documentadas fechan del año 1409, existiendo una inveterada afición en otras poblaciones como Ripoll, Figueras o Tortosa entre muchas otras. Nada despreciables son las aportaciones catalanes como Pere Ayxelà, natural de Torredembarra, que importó las técnicas del toreo francés a Cataluña y Josep Bayard quien introdujo variaciones en el vestido del picador.

A pesar del halo de hippismo y postmodernismo que rodea la ciudad, Barcelona ha sido por excelencia la capital de la tauromaquia mundial, siendo la única ciudad del mundo en llegar a tener 3 plazas de toros en activo: el Torín, las Arenas y la Monumental. Fue precisamente en las Arenas donde se produjo por primera vez la famosísima «pañolada» para pedir una oreja. También se hacían eco de las festividades taurinas en portada medios como el Diari de Barcelona y La Veu de Catalunya y destacados prohombres de la época tan variopintos como Salvador Dalí y Lluís Companys eran asistentes asiduos.

Con su prohibición y posterior represión algunos se alegran por haberse liberado de una rémora, se creen que están luchando contra esa «España caní» con ansias imperialistas caricaturizada por los intelectuales de la generación del 98, cuando lo único que están haciendo es renegar de su propia identidad. Hemos vivido episodios esperpénticos, desde la prohibición de las corridas hasta la de venta de muñequitos taurinos en las Ramblas. Siempre estamos preocupados por vender la imagen de Cataluña al exterior (ya saben, eso de la internacionalització del conflicte). Qué mejor forma de vendernos que cuando viene una cadena cinematográfica extranjera a grabar, censurarle por considerar al comisario político de turno que determinadas secuencias taurinas no representan el «alma de la ciudad». Lástima da esta tierra nuestra, referente de derechos y libertades antaño y víctima del ocultismo y el rencor hogaño.

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