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La tradición

Las tradiciones no pueden mantenerse por el mero hecho de que vienen del pasado

Ángel Camacho

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La tradición

La tradición

Dice el tontaina y torero Francisco Rivera que ha lidiado una vaquilla con su hija de pocos meses en el brazo porque es una tradición familiar. Menos mal. Porque si la tradición hubiera sido usar a la criatura como muleta la exhibición saldría peor seguramente.

La tradición que tantas cosas oscuras nos tapa o nos sirve de coartada.

Este país, de sur a norte y de este a oeste, está cruzado de tradiciones. En el norte, hace poco más de un siglo, nuestros tatarabuelos se mataban en tres guerras civiles, basadas en estar en contra o a favor de la Tradición. Para morir todos juntos, decía la canción de los tradicionalistas.

Por la tradición, y el interés económico, claro, se mantiene la fiesta de los toros, fiesta en la que sus protagonistas principales –los toros– no se divierten nada, salvo cuando, muy raramente, se cargan a algún humano.

Son tradicionales las barbaridades en las fiestas de los pueblos de la piel de toro, desde tirar un animal desde la torre de la iglesia, a ponerles teas ardientes a los cornúpetas o a dar la lata por la noche a los recién casados, no con canciones alegres, divertida, sino con burradas y chascarrillos vergonzosos.

Por tradición, han venido siendo femeninas todas las labores de la casa, desde la limpieza hasta el condumio, con excepción quizás la de los juegos en la cama, que se comparten con la pareja normalmente.

La tradición –de nuestro padre, el latín, “traditio”, entrega– significa pasar noticias, costumbres, de unas generaciones a otras. Pero, como se sabe, hay tradiciones excelentes (el respeto a las personas mayores) y otras vergonzosas (las ya citadas y bastantes más).

Las tradiciones no son obligatorias, sino que están basadas en la costumbre, en la rutina y en algún valor, positivo o negativo. Hacer determinadas comidas en algunos períodos del año viene de las disposiciones de la Iglesia católica, como no desvestirse en público viene dado por el pudor y la educación occidental; en otros pueblos, asiáticos y africanos, enseñar todo o parte del cuerpo no es extraño ni se toma como indecoroso. Es el ojo occidental el que pone la mancha turbadora en esa actitud.

Pero las tradiciones negativas deben desterrarse, máxime en una sociedad como la actual, dispuesta a hacer borrón y cuenta nueva de muchas cosas. Al menos, que desaparezcan las tradiciones negativas o vergonzosas.

Comenzábamos con el guapito torero.

La llamada “fiesta nacional”, digan lo que digan, se va perdiendo lentamente. Solo la mantienen los turistas y aquellos que están directamente interesados en el negocio subyacente o como un medio de salir de la miseria. Hay una minoría, sí, que ve chispazos de arte o estética en los lances; que resaltan el valor del hombre ante la fiera; que viven, en definitiva, de ello. Pero, no lo duden, este espectáculo está llamado a desaparecer, salvo que se le dé otro sesgo como en Portugal, en que la sangre no aparece.

Porque hay tradiciones, como ésta, que pueden perpetuarse dándoles una actualidad adecuada.

Las tradiciones no pueden mantenerse por el mero hecho de que vienen del pasado, si no tienen una carga emotiva, artística, religiosa, que las hagan compatibles con el sentimiento cambiante de las sociedades. Que no se busquen coartadas históricas o resaltar hechos que en siglos anteriores podían ser aceptables. La vida cambia constantemente y no vuelve al inicio.

Al fin y al cabo, dentro de unos miles de años, no seremos más que un solemne estallido sideral, una partícula en la desaparición del sistema solar, polvo de estrellas, perdidos –historia, arte, sentimientos– en el universo.

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