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Opinion EDITORIAL

La última oportunidad

Puigdemont debe aceptar la oportunidad final que le propuso Iceta para convocar elecciones y frenar el 155

 

Diari de Tarragona

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Puigdemont habla con Junqueras en el Parlament. EFE

Puigdemont habla con Junqueras en el Parlament. EFE

Catalunya vivió ayer el día más esperpéntico de su historia reciente. Tras una larga noche de negociaciones, discusiones e incluso intervenciones de mediadores como el lehendakari Iñigo Urkullu, el president Puigdemont optó a media mañana por la salida más racional: disolver el Parlament y convocar elecciones autonómicas anticipadas en el marco de la legislación electoral vigente. Sin embargo, poco después, y una vez que ya se había convocado a la prensa para anunciar públicamente su decisión, dio marcha atrás y trasladó la decisión final respecto a la declaración unilateral de independencia (DUI) al Parlament, en una sesión que comenzó ayer por la tarde y que concluirá hoy al mediodía. Puigdemont no ha querido cargar con la responsabilidad que debía asumir con valentía y responsabilidad. A buen seguro que cuando se decidió en primera instancia por la convocatoria electoral lo hizo convencido de que era la mejor salida para superar la grave crisis en la que han situado a Catalunya. Un político debe tomar en muchas ocasiones las decisiones que cree más convenientes para su país y no aquellas que le exigen los más fanáticos. Ayer se puso en evidencia el escaso bagaje político de Puigdemont, su falta de experiencia y capacidad para imponerse a las múltiples presiones. La situación no es para políticos bisoños. A falta de capacidad propia esperemos que al menos tenga un resquicio de lucidez para dejarse aconsejar por políticos con más experiencia como es el caso de Miquel Iceta. El PSOE ha conseguido el compromiso del PP de introducir hoy en el pleno del Senado una enmienda para garantizar que el artículo 155 no se aplicará en el caso de convocatoria electoral. Puigdemont debe agarrarse a esta última oportunidad. La vía radical no ofrece otra salida que la agitación, el descalabro social y económico y, desde luego, lo que es peor, la pérdida efectiva de las instituciones propias. Quedan unas horas para evitar el inmenso error.  

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