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La victoria del miedo

Antoni Coll i Gilabert

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Durante cien días los partidos soberanistas se habían mostrado incapaces de investir un president de la Generalitat. Al final lo hicieron al límite del reloj. Mas se retira y nombra a Carles Puigdemont.

¿Qué ha pasado para que no se consumara la convocatoria de nuevas elecciones que parecía inevitable? Hay una explicación ofrecida, quizá sin querer, por los mismos protagonistas: el miedo.

Miedo a que unas nuevas elecciones ya no dieran una mayoría independentista en escaños (en votos ya no la dieron las del 20-S). El mismo Artur Mas, en su declaración de ayer, dijo textualmente, refiriéndose al procés: «Unas nuevas elecciones podían haberlo liquidado todo». En el mismo sentido se expresaron Junqueras y Tardà horas antes.

¿Por qué tanto temor a las urnas siendo tan partidarios de dar la voz al pueblo y del dret a decidir? También ellos han respondido a esta pregunta cuando han afirmado que la actual es una ocasión única que debe ser aprovechada. En esto tienen razón: ya no se repetirá la hondura de la crisis económica conjugada con la miopía de un gobierno del PP con mayoría absoluta. O ahora o nunca. Lo cual muestra poca confianza por su parte en que la mayoría de catalanes sean partidarios de la independencia.

Artur Mas

Ha dicho que se aparta a un lado, que tratará de refundar Convergència, que le gustaría hacer de embajador del procés en el mundo (esto lo dijo respondiendo en inglés a una pregunta), y que no descarta intentar volver al poder dentro de 18 meses, que es lo que en principio debe durar esta legislatura.

André Malraux comentó la dimisión del presidente De Gaulle diciendo: «he aquí una partida que no carece de grandeza». No sé si podría aplicarse esta frase al president Mas. En su comparecencia dijo que ha puesto en una balanza los costes de esta solución (dejar la Presidencia) y los beneficios para el país. Pudo ser que en la balanza colocara también la situación en que quedaba si no se iba.

En los últimos días vio cómo crecían los independentistas que le pedían que se apartara. Incluso los de Súmate. Y los de ERC, aunque se distribuyeron los papeles. Reeditar la fórmula de Junts pel sí se le presentaba como tarea muy difícil porque ERC no quería, y menos con él de cabeza de cartel otra vez, aunque fuera de número cuatro. Menos aún aceptó ERC su invento de meterles en el Govern hasta marzo.

Apartándose queda como sacrificado por la causa, persona desprendida y esto siempre se valora más que la idea de que está agarrado al sillón. Si en estos 18 meses le llegara el juicio por el 9-N, su estatura martirial crecería todavía. Otra cosa es si saliera salpicado por los juicios a la corrupción de su partido, que también podrían celebrarse.

Carles Puigdemont

Es un periodista que tuvo altas responsabilidades en El Punt. Ha desarrollado una notable carrera política, es diputado y alcalde de Girona, independentista convencido y retador, y además no le había propuesto la CUP. Precisamente esto último es lo que quemó a Neus Munté.

Artur Mas dejó claro que ha sido él quien lo ha elegido, y por tanto que no fue una imposición de la CUP ni de ERC. Es joven para el puesto, 53 años y como presidente de la AMI ha hecho esfuerzos para que todos los municipios se unan a su causa, aunque con Ada Colau no consiguió el acuerdo para que se sumara Barcelona.

La CUP

La Agustina de Aragón de la CUP, Anna Gabriel, tiene poco futuro después de este acuerdo. Ha ganado, haciendo retirarse a Mas, pero también ella deberá dimitir o quedarse en segundo plano. La CUP ha pagado clara su osadía, y para firmar el acuerdo ha sido condenada a un reconocimiento público de errores y al compromiso de votar siempre como Junts pel Sí en los temas clave y nunca con la oposición.

Carlos Castro presentaba ayer en La Vanguardia un estudio interesante de prospecciones electorales para marzo: cerrándose a Mas la CUP podía perder en las elecciones 100.000 votos (de los 338.000 que tuvo), pero sí daba apoyo a Mas la pérdida podía llegar a 170.000. En cualquier caso, ir a las elecciones con un partido fracturado y estas perspectivas no era ningún aliciente.

De este periodo quedará flotando en el aire el posible apaño del empate en la asamblea de Sabadell, y la constancia de que el método asambleario es poco útil en situaciones complejas. Como dice el mismo Castro, cuando hay que desalojar un edificio en llamas es poco pertinente hacer una asamblea para tomar la decisión.

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