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La vida en listas

Hacer listas es una manera de plantarle cara al olvido y además entretiene
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Se habrán fijado en que de un tiempo a esta parte se van multiplicando los reportajes construidos mediante listas numeradas. Doce islas del Pacífico en las que perderse. Siete alimentos que puedes comer sin alterar tu peso. Ocho bibliotecas fantásticas. Quince trucos para mantenerse joven. Los Presupuestos Generales del Estado en 10 cifras. Seguramente es fruto de una moda, pero no creo que vaya a agotarse a la vista del éxito de la propuesta. Hacer listas es una tendencia humana que tiene que ver con la doble necesidad de poner límites al conocimiento y de introducir algo de orden dentro del caos. Conozco gente que hace listas para todo. No solo para resolver trámites como la compra en el súper o las invitaciones de boda, sino por una especie de pulsión clasificatoria que le lleva a anotar sus canciones preferidas, las películas que más le han emocionado, las ciudades que le gustaría visitar o los profesores que tuvo en la escuela (en listas separadas de buenos y huesos).

En el fondo todos llevamos dentro un Forbes con espíritu castrense que nos tienta a poner en fila todo lo que pasa por nuestras vidas, por insignificante que sea. Es una manera de plantar cara al olvido y además entretiene. Ahora bien, estas listas de la prensa de ahora no se limitan a enhebrar elementos más o menos relacionados entre sí, sino que les ponen número. Son listas cerradas como las electorales, donde nadie explica por qué han de contener esa cantidad concreta de unidades y no otra.

La arbitrariedad queda disimulada cuando optan por números redondos, pero ahora empiezan a abundar los números caprichosos. Tal vez sea para evitar el efecto del que hablaba el llorado Francisco Casavella, para quien las listas de diez –los diez discos más vendidos, los diez personajes mejor vestidos– eran síntomas de neurosis y depresión colectiva. Se ha dicho que las listas representan un intento de hallar la coherencia en un mundo fragmentario. Es cierto que la matemática del listado introduce en la realidad la ilusión de que está regida por reglas precisas.

En este sentido, las listas son tranquilizadoras. Pero al mismo tiempo su formato didáctico hace que nos sintamos como escolares recibiendo instrucciones del profesor, o como pacientes ante la receta firmada por el médico. Acabo de ver una lista de las cinco palabras que uno nunca debe decir al definirse en una entrevista de trabajo. No se las reproduzco porque podrían ser perfectamente otras cinco. Pero al leerlo se habrán dado cuenta de que les pica la curiosidad, ¿no es cierto?

Es en este punto donde llegamos a la clave de las listas numeradas: su carácter de acertijo. Si se nos describe la realidad en forma de lista es porque de esa manera adquiere el aspecto de un pasatiempo, de una atracción de feria. Quizá a eso se refería Umberto Eco cuando habló del vértigo de las listas.

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