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La voltereta griega

En Alemania, la confianza en el Gobierno de Atenas es inexistente
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Alexis Tsipras, el primer ministro de Grecia, ha conseguido no tener que elegir entre contentar a sus socios europeos o a sus votantes locales. En vez de resolver el endiablado dilema, ha elegido contrariar a todos a la vez. Su decisión de convocar un referéndum a toda prisa para decir ‘no’ a las nuevas exigencias de reformas y recortes de Bruselas se contradice ahora con la aceptación de condiciones mucho más exigentes. Ha iniciado nada menos que la negociación de un tercer rescate de su país, a toda prisa y diciendo sí a casi todo. Los pocos exegetas que le quedan argumentan que a cambio conseguirá una financiación a tres años y eventualmente una reducción de la montaña de deuda pública. Pero no hay nada garantizado, más allá de una mayor supervisión de las cuentas y las duras medidas que deberá aplicar de forma inmediata si el pacto por fin se cierra. Por mucho que le permita ganar tiempo, su voltereta tiene ya un alto coste político y económico. Los cálculos de los mejores economistas señalan que la situación de emergencia en la que ha metido a su país estas dos semanas últimas suponen un 4% de pérdida de PIB y dos puntos más de déficit público.

Destacados miembros de Syriza han empezado a desmarcarse del jefe de Gobierno, como Yanis Varoufakis, hasta el lunes el ministro de Finanzas menos convencional de la zona euro, o Panagiotis Lafanzanis, el marxista ortodoxo que aún sirve como ministro de Energía. Las subidas de impuestos, la reducción del generoso sistema de pensiones, los procesos de privatizaciones o las reformas del mercado laboral contradicen frontalmente su programa electoral y las promesas formuladas por la extrema izquierda para ganar la consulta de hace siete días.

En Bruselas y en las capitales de sus socios europeos, hasta los que han mediado para evitar la primera expulsión del euro, como es el caso de François Hollande, están exasperados y hartos de las tácticas griegas. En Alemania, la confianza en el Gobierno de Atenas es inexistente y se preparan para tener que hacer frente en cualquier momento a una operación de salida de Grecia. Angela Merkel no ha querido hacer por ahora caso de su brazo derecho, Wolfgang Schauble, partidario de una línea más dura en el caso griego, pero es una política muy pragmática y pegada al terreno. Si su opinión pública gira hasta reclamar que cese la financiación del agujero griego, la canciller hará oídos sordos hasta las advertencias de Washington sobre las implicaciones geopolíticas de hacer experimentos en una zona muy inestable de los Balcanes y del Mediterráneo. Tampoco le parará el partido socialdemócrata, con el que gobierna en coalición, porque sus principales líderes son conscientes de la irritación generalizada que siente la sociedad alemana con el acróbata Alexis Tsipras.

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