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La voz de la calle

El mapa se ha agitado como una coctelera en manos de un cliente loco
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Las elecciones no han sido un tsunami, pero sí un vuelco histórico en los ayuntamientos, que son más de ocho mil en una nación de naciones y de nacionalidades. El mapa se ha agitado como si fuese una coctelera en manos de un cliente loco, sin demasiada idea de lo que debe ser la áurea proporción etílica. Los nuevos partidos coinciden en que hay que acercar la política a la calle. ¿Dónde estaban para tenerla que acercar? Las calles, cuando no se les impide el tránsito de gente, siempre han estado en el mismo sitio, o sea, al cabo de la calle. El gran Antonio Gramsci confesó que su espíritu siempre había oscilado entre esos dos extremos que a veces se tocan. «Soy pesimista por la inteligencia, pero optimista por la voluntad», dijo. Eran épocas donde la conveniencia no había sustituido a ambas cosas.

Se dice que la voz del pueblo es la voz de Dios, pero si hablan todos a la vez no hay Dios que la oiga. El reparto del poder municipal entre los dos grandes partidos ha pasado a la historia, ya que esa señora, llamada ‘maestra de la vida’, aguanta lo que le eche encima cada generación que llegue diciendo que esta boca es suya. Los concejales procedentes de Ciudadanos y Podemos no tienen, por suerte, experiencia política. Manuela Carmena y Ada Colau han jurado por «imperativo legal», quizá para diferenciarlos de los imperativos ilegales.

No sería una mala idea repartir programas de mano, mientras el Partido Popular se lava las suyas. Identificamos la palabra cambio con mejoría, pero si chillan todos a la vez no podemos escuchar entre las voces alguna que otra, por si suena a verdad. Muchas personas decentes desean contribuir a edificar un sitio más agradable, quiero decir, más tolerable para todos los que siguen creyendo que eso es posible. Me excluyo a mí mismo, pero sin estorbar a nadie. Los escépticos no servimos para nada. Hemos puesto en tantos sitios la esperanza que no sabemos dónde la perdimos o dónde nos la quitaron.

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