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Las bardas del corral

Nadie escarmienta en cabeza ajena. Tampoco está claro que sea posible en la propia
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Los que sigan mirando a los muros de la patria suya se encontrarán con que ya no hay setos ni tapias que puedan resguardarlos. Todo está al descampado, aunque el campo esté en el mismo sitio, ni más arriba ni más abajo del nivel de los trigales, que siguen mintiendo su oleaje dorado como si la cosa no fuera con ellos o como si nosotros no fuésemos la misma cosa. Miguel Hernández, que era ya un gran poeta pero todavía católico, escribió su extrañeza de que Dios obrara la creación del campo «seco y mondo», ya que era el mismo que había sacado a Dios de los trigales, «candeal y redondo». Insistimos en creer que un poeta religioso equivale al que acepta dogmas indemostrables, que es comodísimo, a condición de tener grandes tragaderas, y no de los que sienten angustias y vértigos. Buscar la verdad garantiza una larga caminata, pero no promete que se la encuentre. Lo importante es el viaje.

La calma irreal que antecede al pánico se ha establecido en Grecia y Varoufakis insiste en recomendar serenidad. Siempre es una buena receta no perder los nervios antes de perderlo todo y darle tiempo a Merkel para que hable con Obama o a otra escala, para que Rajoy hable con Pedro Sánchez. Ya sabemos lo que le ocurrió a aquellos obedientes espectadores a los que les pidieron calma cuando se incendiaba el teatro. Todos murieron carbonizados. El Banco Central Europeo mantiene eso que llaman «liquidez de emergencia», que se solidifica a medida que se retira el dinero en efectivo, que para muchos es el único que cuenta y que suena, ya que el otro es una abstracción, un consuelo o una despedida hasta más ver o hasta no vernos nunca. Nadie escarmienta en cabeza ajena. Tampoco está claro que sea posible en la propia, como demuestran algunos decapitados. Estamos contemplando el pozo acomodados en las bardas del corral. A distancia parece hondo, pero seguimos teniendo el pescuezo fuera del agua.

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