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Las bases

Hay que preguntarse por qué los barones han surgido de la militancia

Manuel Alcántara

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Las egregias minorías nunca han estado más distantes de la gente a la que representan y por eso a la llamada rebelión de las masas ha sustituido la rebeldía de sus portavoces. ¿Con quién tienen que pactar los que pactan? Aunque cada uno sea cada uno, entre todos somos muchos y cada uno es de su padre y de su madre patria, excluidos los patriotas del dinero. Hay que pactar, ya que intentar agruparse es el intento de no estar solos si optamos, una vez más, por tirar al monte. El impetuoso líder Sánchez, del que a muchos no podemos decir que no nos guste un pelo, porque en verdad nos gustan casi todos, menos el pelo de la dehesa, ha responsabilizado a sus seguidores de la ruta. Es como si el guía de la excursión campestre hiciera responsable a los barrancos de la geografía. Los ciegos siguen haciendo de lazarillos que no oyen más que por una de las dos orejas de burro que nos asignó la Historia. Los audífonos nos permiten escuchar a la ruidosa España, pero no a distinguir sus voces, que siguen clamando al cielo.

La llamada militancia quiere neutralizar a los barones, pero hay que preguntarse por qué los barones han surgido de la militancia. ¿No tenían otro sitio más adecuado para escogerlos? Nuestro país nunca ha producido grandes políticos, desde Fernando el Católico, Cisneros y Cánovas, pero ahora los producimos pésimos, excluidos los que acordaron de la Transición, que no acaba de trasmitirse. ‘Orden y contraorden, desorden’, dice nuestro receloso refranero. Cada partido no sabe a qué atenerse, pero más angustioso aún es no saber a qué se atendrán los otros. La balumba, palabra que el diccionario define como el bulto que hacen muchas cosas juntas, se ha instalado entre nosotros. A los equilibristas los han reemplazado los payasos y todos coadyuvan en el mantenimiento del desastre. El tiempo se echa encima y no podemos con su peso ni siquiera entre todos. Mucho menos si cada uno cree que puede acarrearlo sin caer por su propia base.

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