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Las corbatas de los griegos

En política, sobre todo cuando se quiere tomar el poder, también son buenas las indefiniciones
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La primera vez que llegué a Atenas a una pensión cerca de la plaza Omonia creía que me había equivocado de sitio. Sabía de los griegos y de Grecia lo que había estudiado en el bachillerato y suponía que Atenas era la de aquella época, es decir, la de Pericles y todos los demás. Pero lo único que se veía eran edificios modernos como los de cualquier capital del mundo y uno se preguntaba que tenía que ver aquella realidad con lo que se había estudiado en los libros.

 

Luego te enterabas que Atenas prácticamente había sido una aldea durante siglos y siglos, que el Partenón había sido una iglesia y más tarde una mezquita, hasta que al final lo derribaron los venecianos a bombazos; y que Atenas era una ciudad nueva convertida en el siglo XIX en la capital de un nuevo Estado segregado de los turcos que había aumentado su población exponencialmente en los últimos años.

¿Dónde estaban los griegos de mis libros o simplemente eran una imagen del pasado? “Dejarnos que soñemos al menos por unas horas” decía un partidario del partido ganador el mismo día de las elecciones. ¿Es todo un sueño o una quimera?

Robert Byron, el gran viajero y escritor inglés de principios de siglo XX, que murió en la segunda guerra mundial cuando viajaba hacia Oriente Medio en un carguero torpedeado por un buque alemán, pensaba que la verdadera Grecia se encontraba, no en el Partenón, sino en el Monte Athos o en Mistras, la ciudad en la que fue coronado Constantino XI Drageses, el último de los ochenta y ocho emperadores bizantinos.

Y el escritor francés Jacques Lacarrière, que amaba Grecia tanto que sus cenizas se esparcieron por Espetsas (una isla de la costa del Peloponeso frente a Nauplia, la primera capital del actual Estado griego) empieza su libro “Verano griego: 4.000 años de historia” viajando en primer lugar al Monte Athos (El Potala ortodoxo), para más adelante afirmar al llegar a Creta, que no se encuentra en Occidente (“Y, aquella noche, ante un idioma casi desconocido percibí que Grecia, y Creta aun más, tenían poco que ver con Occidente”).

En la toma de posesión del nuevo primer ministro griego ha habidos actos cargados de simbolismo: uno, que lo ha hecho sin corbata, a cuya moda se han incorporado unos cuantos ministros, para demostrar que no pertenecen a la casta de los “encorbatados”; otro, que no ha sido como siempre una ceremonia religiosa con presencia de las más altas autoridades ortodoxas. Además, acto a continuación de su toma de posesión el primer ministro ha participado en el homenaje a unas personas de la resistencia asesinadas por alemanes en la Segunda Guerra Mundial. Pocos días después se han dado otros gestos ya no tan simbólicos y con consecuencias: así, el gobierno griego se ha opuesto (frente a todos los demás países de la Unión) a incrementar las medidas contra Rusia por la cuestión de Ucrania. El Presidente Putin ha dado las gracias, aunque las autoridades griegas han desmentido que vayan a pedirle dinero.

Parece que a pesar de todos estos gestos, cargados de simbolismo, los griegos no saben todavía dónde están y qué deben hacer; pero al mismo tiempo es muy posible que tampoco nosotros nos hayamos parado a mirar quiénes son y dónde están. Es posible que nos encontremos tanto unos como otros tan perdidos, como yo lo estaba cuando aterricé en Atenas por primera vez buscando los contemporáneos de Sócrates en un restaurante en el que sólo vendían kebabs.

Esta incomprensión hacia lo griego, que poco o nada tiene que ver con la historia que estudiábamos en el bachillerato, parece una constante.

El gran escritor francés Chateaubriand (“De París a Jerusalén y de Jerusalén a París yendo por Grecia y volviendo por Egipto, Berbería y España”) cuando viaja a principios del siglo XIX a Grecia, por aquella época bajo soberanía turca, no tiene pudor en dejar escrito frases que recordarían a algunas malsonantes declaraciones actuales: “Hace dos mil años que vienen a formar un pueblo abatido y envejecido. La misma nación que los ha conquistado ha contribuido a corromperlos, pues no les ha traído las ásperas y agrestes costumbres de los pueblos del norte, sino las voluptuosas del mediodía”.

Quizás donde pueden apreciarse las contradicciones que tenemos cuando queremos mirar y analizar lo griego lo encontramos en las obras de otros dos grandes viajeros cuando visitan a mediados del siglo XIX el Monte Athos, uno ruso, Nicolai Strájov; el otro francés, el vizconde Eugène Melchior de Vogüé.“Lo que en uno causa éxtasis, en el otro genera horror. Lo que uno encuentra digno de encomio, es para el otro motivo de burla. El ruso se deja llevar por la emoción, el francés por la razón”, escribe en el prólogo Selma Alcera, para más adelante añadir: “Y, sin embargo, tienen muchas cosas en común”.

Es posible que el encanto de Grecia se encuentre en esa indefinición y contradicción, que se da sobre todo en las islas, y que te permite que puedas al mismo tiempo entrar a rezar en una iglesia abierta a altas horas de la noche o tomarte una copa en una taberna de enfrente mientras la música y los fieles y clientes de uno y otro lugar se confunden en un todo armónico.

En política, sobre todo cuando se quiere tomar el poder, también son buenas las indefiniciones. Es quizás la mejor o la única forma de conseguirlo. Pero más tarde o más temprano hay que tomar decisiones y estas no van a consistir en quitarnos o ponernos la corbata. Esperemos que los griegos y nosotros no nos equivoquemos. Por el bien de todos.

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