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Las costumbres respetables

Michelle Obama no se puso el velo e hizo muy bien. Porque es alienante
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La reciente visita de los Obama a Arabia Saudí ha desatado todo un río de tinta y electrones. El matrimonio más famoso del mundo (con permiso del de Brad y Angelina) llegó al país árabe a presentar sus respetos por la muerte del muy reformista y muy moderado rey Abdalá. Un bello gesto para honrar a ese decapitador de homosexuales, lapidador de mujeres, fustigador de mujeres violadas, cortador de manos y gran progresista en general. Abdalá merece un sentido homenaje por llevar a Arabia Saudí por fin al siglo XXI.

Su figura significó un soplo de aire fresco en ese país. Cuando él llegó los saudíes estaban sin elecciones, sin partidos, sin Parlamento y sin oposición. Cuando tristemente nos dejó, tampoco tenían nada de eso, pero sin embargo a los saudíes no les ha faltado empleo. Siempre y cuando se apelliden Saud, puesto que los 7.000 príncipes de esa tierra tienen asegurado un empleo acorde a su linaje. ¿Quién no admiraría la figura y lloraría la desaparición de semejante prohombre, ante el que empequeñecen los elogios y las palabras se quedan raquíticas, anémicas, anoréxicas, casi inexistentes? ¿Cómo alcanzar siquiera a enumerar los logros y los avances de alguien como Abdalá, que «fortaleció el entendimiento entre religiones» financiando el terrorismo suní? ¿Cómo no inclinar la cerviz hasta apoyar la frente contra el suelo con ese «firme defensor de las mujeres», que sabedor del pobre desempeño como conductoras de las féminas (reconocido por el brillante refranero español en ‘mujer al volante peligro constante’) les prohibió conducir so pena de latigazos? ¿Cómo no erigir estatuas, componer canciones, rodar películas, pintar cuadros y tatuarse el jeto de soberano mastuerzo en el trasero?

David Cameron y Christine Lagarde son los autores de las dos perlas anteriores, la del entendimiento y la de la defensa. La magia del crudo obra su artificio de forma segura, imparable, inacatable, inasequible. O no. Porque esa desvergonzada de Michelle Obama se dignó a presentarse en el funeral del prohombre sin velo. Repito, sin velo. Tamaña afrenta. No sobraron tertulianos bocazas y editorialistas osados que hablaron del protocolo y que soltaron la maravillosa: «Son sus costumbres y hay que respetarlas cuando viajamos allí». Claro que sí, campeones de la alianza entre civilizaciones y del respeto a las libertades civiles. Porque los musulmanes en Europa obran de la misma forma y despojan rápido a sus mujeres del velo y del burka tan pronto ponen un pie en tierra occidental, firmes defensores del principio enunciado. Michelle Obama no se puso el velo e hizo muy bien. Porque es alienante y su defensa es asimétrica. Porque un pequeño gesto puede hacer pensar a muchos y cambiar muchas cosas. Y no todas las costumbres son respetables.

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