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Las envidiables chicas de tarragona. Gracias

8-M. Juntar las palabras: «chicas» y «trabajadoras» no deja de ser reiterar lo obvio, porque, desde que voy a la guardería y aún antes las he visto a ellas pencar más y mejor; más a menudo y en más sitios que nosotros.

Lluís Amiguet

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La Mirada. Por Lluís Amiguet:

La Mirada. Por Lluís Amiguet: "Juntar las palabras: «chicas» y «trabajadoras» no deja de ser reiterar lo obvio"

Hoy es el día de las chicas trabajadoras,  pero juntar esas dos palabras: «chicas» y «trabajadoras» no deja de ser reiterar lo obvio, porque, desde que voy a la guardería y aún antes -en mi casa y en todas- las he visto a ellas pencar más y mejor; más a menudo y en más sitios que nosotros.

Lo estoy recordando esta mañana mientras veo a las compañeras periodistas hacerse una foto vestidas de negro para conmemorar este día de fiesta y lucha. Ellas son más y mejores: aquí en Tarragona y en todas partes. Y desde siempre, porque recuerdo a las tarragonines compañeras mías de la Escuela Normal de Tarragona y el Instituto Martí i Franqués tomando los mejores apuntes de las asignaturas más difíciles con el orden, la precisión y la pulcritud que a mí siempre me han faltado. ¡Y, encima, dejándomelos después con una sonrisa!

Si las tarragonines son más y mejores, ¿por qué aún mandan menos que los tarragonins?

Entonces, si las tarragonines son más y mejores y están mejor educadas, ¿por qué aún mandan menos que los tarragonins? ¿Por qué hay menos catedráticas, directoras de hospital y de diario y radios, concejales, alcaldesas, presidentas y, en general, mandamases? ¿Y por qué nos parece tan normal?

Después de veinte años de entrevistar sociólogos, antropólogos, y mujeres y hombres en general les podría dar muchas respuestas a esa pregunta. La antropología apunta que, evolutivamente, las chicas han tenido que confiar en la mujer que elegían como aliada de forma duradera, determinante y exclusiva. Porque, para poder recolectar o trabajar de mil modos, las madres cedían su cría -su mayor inversión- a otra mujer en la que tenían que confiar ciegamente.  

Los varones, en cambio, egoístamente libres de bebés o niños que tutelar, podían establecer alianzas más coyunturales y pasajeras: ir a cazar bisontes un día con unos y al siguiente, ciervos con otros -hacer política en suma- y cambiar cromos con todos, compadrear, de una manera tan libre que les fue dando a través de las generaciones ventaja evolutiva sobre las hembras. Por eso, hoy ellas siguen valorando la fidelidad más que ellos. Incluso cuando son infieles.

Sólo es una paleoexplicación a la que yo añadiría una observación más personal: soy un hombre, con perdón, y también he sufrido el machismo del mismo modo que los esclavistas sufrían el esclavismo sin ser esclavos o el capitalismo salvaje degradaba también a los capitalistas. El abuso también denigra al abusador, porque le priva de la posibilidad de tener una relación libre, de igual a igual, que es la más satisfactoria entre seres humanos.

Del mismo modo, el machismo me ha impedido establecer relaciones más enriquecedoras con las chicas, a quienes se me había enseñado -lo veía cada día- a tratar de forma diferente. O con menosprecio o con ese tufillo de superioridad y condescendencia que desprende la caballerosidad. 

Ellas podían amar, entregarse y arrepentirse, llorar, tal vez, y contarlo, sobre todo explicarlo 

Ellas podían amar, entregarse y arrepentirse, llorar, tal vez, y contarlo, sobre todo explicarlo y vaciar así su corazón en confidencias interminables. Mis amigos en cambio me preguntaban: «¿Qué? ¿Cómo va?»; y yo respondía invariablemente: «Bah, tirando, anar fent», aunque  estuviera destrozado.

Explicar los vaivenes de tu corazón y las idas y venidas de tus sentimientos estaba reservado a ellas. Y, con el paso de los años, como de aquello de lo que no hablas acaba por no existir, en efecto, había transcurrido media vida y lo más que había hablado con los amigos era del Nàstic, las excursiones al Pirineo y algunas marcianadas innombrables.  

Ellas, en cambio, habían vivido más y más intensamente y estaban educadas sentimentalmente para afrontar lo que iría viniendo. Y ahí tienen la razón por la que envidio a las tarragonines y espero que mis hijos y nietos puedan ser cada vez más femeninos. Gracias, chicas.

Periodista. Lluís Amiguet es autor y cocreador de «La Contra» de La Vanguardia desde que se creó, en enero de 1998. Comenzó a ejercer como periodista en el
Diari y en Ser Tarragona.

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