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Las reformas de los otros

Rajoy ha evitado un duro rescate y ha conseguido poner en marcha las reformas
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España ha pasado en tres años de ser el eslabón débil del euro a un ejemplo de recuperación para los países deudores en la eurozona. El Gobierno de Rajoy ha evitado un duro rescate y ha conseguido poner en marcha reformas urgentes, como la laboral o la del sector financiero. Esta última se ha hecho bajo condiciones y con ayudas europeas pero sin una intervención general de la economía. Nada como mirar a nuestro vecino Portugal para comprobar las diferencias. Aquí por fin se ha iniciado la senda del crecimiento y han cambiado lo que Keynes llamaba «animal spirits», hacia la confianza y el optimismo, espoleados por la bajada del precio del petróleo. La rápida transformación de la realidad española debe ser celebrada y reconocida. En Bruselas muy pocos pensaban que nuestro país pudiera volver a recuperar su peso político en menos de una legislatura y ser de nuevo un socio fiable y respetado. El Gobierno de Rodríguez Zapatero tiró por la borda, con su negativa a defender los intereses propios, el buen trabajo europeo iniciado por Felipe González y continuado por José María Aznar. No obstante, el riesgo que corremos en 2015, un año repleto de citas electorales, es el triunfalismo oficial y la ausencia de una agenda reformista ambiciosa. Asimismo, es igualmente peligroso no levantar la vista para tener muy presente cómo el problema del euro sigue siendo su diseño original fallido.

Es imprescindible que países como Italia o Francia sean capaces de introducir más competencia en sus economías y crezcan. Hay que atender la situación griega a partir de las elecciones del domingo, cuyos resultados han convulsionado la eurozona. Esto ocurrirá sobre todo en las primeras semanas, mientras la llegada de un Gobierno inspirado por Syriza –luego, su farol de no pagar y no cumplir será descubierto– y pasarán los temblores de tierra. Pero igual de importante que las reformas de los otros es completar la nueva arquitectura económica europea y al mismo tiempo dar contenido a una Unión Política que legitime mejor a las instituciones de Bruselas. Se trata de reconectar a los ciudadanos con un proyecto europeo atractivo, con mejores horizontes que el populismo, en cualquiera de sus variadas manifestaciones. La UE ya no es la solución a los males de España, sino una gran invención política que ha agotado su utopía. Forma parte de nuestro problema: si no es relanzada acabará deshilachándose y perdiendo dinamismo. La recién aprobada Estrategia de Acción Exterior del Gobierno de Rajoy afirma que «Europa debe configurarse como una auténtica unión federal, no simplemente como una unión de Estados soberanos», un objetivo impecable. Pero faltan iniciativas españolas para dar contenido a un europeísmo de nuevo cuño, que no repita las fórmulas gastadas del pasado. La tentación es sacar pecho por lo conseguido y sentarse a esperar a que otros hagan sus reformas.

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