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Las tortugas de Tarragona y el cambio climático

El aumento de las temperaturas medias en las zonas originales de desove ha obligado a las tortugas a buscar zonas menos calurosas para garantizar la continuidad de la especie

Alicia Escudero Escudier

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Alicia Escudero Escudier

Alicia Escudero Escudier

El 31 de agosto las últimas tortugas bobas que habían sido desovadas en la playa del Milagro de Tarragona iniciaban su aventura en el Mar Mediterráneo. Se trata de 71 tortugas que, gracias al esfuerzo desinteresado de 177 voluntarios y voluntarias y a la sensibilidad del Ayuntamiento en este tema, tendrán una oportunidad de vida.
Las imágenes de las pequeñas tortugas, de entre 15 y 18 gramos y unos 4 cm de largo, dirigiéndose a la orilla e introduciéndose en el mar no dejan indiferente a nadie y son una lección de vida. Con apenas unas horas de vida son capaces de orientarse, encontrar el mar y procurarse por sí mismas alimento. Todo un canto a la supervivencia, la biodiversidad, la naturaleza y, en definitiva, a la vida, que esconde una tragedia de la que somos responsables.

Las tortugas escogen sus lugares de anidación en función de la temperatura media del nido: si ésta es superior a 29 grados solo nacerán hembras y si es inferior nacerán tanto machos como hembras. El aumento de las temperaturas medias en las zonas originales de desove, las costas del norte de África y del Mediterráneo oriental, ha obligado a las tortugas a buscar zonas menos calurosas para garantizar la continuidad de la especie.

Más allá de mediciones científicas, incluso de percepciones personales, es la propia naturaleza quien nos enciende señales de alarma. Necesitamos, con urgencia, afrontar y paliar el cambio climático, que hoy día es ya una emergencia climática.

Es necesario y urgente reducir emisiones, evitar la subida de las temperaturas medias y adoptar medidas, tanto generales como individuales, que permitan la reducción de emisiones. Nos va en ello la biodiversidad, y en consecuencia, nuestra vida como la conocemos actualmente.

177 voluntarios y voluntarias hemos custodiado el nido 24 horas al día sin más recompensa que saber que estábamos haciendo lo correcto, protegiendo la naturaleza y contribuyendo en su curso. Es la prueba de que el voluntariado, la sociedad, tienen la capacidad y la fuerza de reaccionar y actuar cuando la causa lo merece; mucha gente pequeña, en lugares pequeños, haciendo cosas pequeñas, puede cambiar el mundo, como afirmaba el poeta.

Ojalá tengamos la sabiduría colectiva de las tortugas bobas, y de la misma forma que ellas instintivamente conocen el camino hacia el mar, sepamos encontrar y seguir nuestro camino correcto. 

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