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Laudato Si

Citando a Bartolomé, señala que la destrucción de la diversidad biológica es pecado
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Ayer se presentó la encíclica del papa Francisco “Laudato Si” (Alabado sea) que toma su nombre del conocido “Cántico de las Creaturas” de san Francisco de Asís. Es un texto magisterial sobre el cuidado de la casa común, la Tierra, la “madre bella que nos acoge en sus brazos”, en palabras del santo italiano tan universal.

Cuando se anunció la publicación de esta encíclica, que aborda los desafíos que comporta el respeto por la naturaleza y la protección del medio ambiente, no faltaron quienes pusieron en duda la oportunidad de que, desde la máxima autoridad de la Iglesia Católica, se abordara una temática que es objeto de estudio de especialistas.

Una rápida lectura de la encíclica, que nos llegó a los obispos con breve antelación a su publicación oficial, permite contestar a estas objeciones diciendo que las reflexiones del Papa sobre esta materia son de carácter moral, aunque cita evidencias técnicas y argumentos de autoridad de científicos que han estudiado la materia.

El papa Francisco no pretende ser experto en ecología, como León XIII no quiso pontificar sobre economía con la “Rerum Novarum” ni Pablo VI sobre bioética con la “Humanae Vitae”. Su aportación es de carácter ético, partiendo de que no se puede plantear esta temática de modo fragmentario, sino a partir de interrogarnos sobre la existencia y el valor de la vida social. Es decir, planteándonos “para que vinimos a esta vida, para que trabajamos y luchamos…”.

La propuesta de la encíclica es por ello la de “una ecología integral, que incorpore claramente las dimensiones humanas y sociales”. Es el mismo enfoque que quisieron dar al tema, aunque no le dedicaran textos tan completos, los pontífices predecesores y autoridades religiosas no católicas, que también cita, como Bartolomé, el patriarca de Constantinopla.

Prueba del carácter moral de la “Laudato Si” es la apelación a que el examen de conciencia debe “incluir una nueva dimensión que considere no sólo cómo se ha vivido la comunión con Dios, con los otros y con uno mismo, sino también con todas las creaturas y la naturaleza”. Citando a Bartolomé, señala que la destrucción de la diversidad biológica, la contribución al cambio climático, la contaminación de las aguas, el suelo, el aire… todo esto son pecados.

La encíclica abarca todos los aspectos de la ecología, también humana, y el medio ambiente, y se estructura en seis capítulos. El primero, “Lo que le está pasando a nuestra casa” es una descripción de la situación preocupante en que nos encontramos, por ejemplo con la cuestión del agua o la pérdida de la biodiversidad, junto al deterioro medioambiental.

El segundo, “El evangelio de la creación” es una visión del misterio del universo a la luz de la fe. El tercero lo dice todo en el título: “Repensar la orientación del mundo”, superando los dogmas del relativismo y antropocentrismo modernos y la tecnología como última instancia, la práctica del descarte…

El cuarto llama a ampliar el horizonte de la lucha ecológica: “Una ecología atenta a la complejidad de la realidad”, que tenga en cuenta a la persona humana y al bien común. El quinto señala “algunas líneas de orientación y acción”, mientras que el sexto “Educación y espiritualidad ecológica”, incita a una verdadera “conversión ecológica”, una apuesta por otro estilo de vida del que nos hemos dado, que incluye la gratitud y la gratuidad.

Los títulos de las diversas secciones son periodísticos. La última consideración, “Más allá del sol”, nos dice que “al final nos encontraremos frente a la infinita belleza de Dios”, de la cual este mundo maravilloso que creó no es más que un pálido reflejo.

La “Laudato Si” va dirigida a toda la humanidad, de modo especial a quienes creen en Dios y a los cristianos en particular. Es una propuesta que va más allá de las técnicas medioambientales y que muestra hasta qué punto son inseparables la preocupación por la naturaleza, la justicia con los pobres, el compromiso con la sociedad y la paz interior.

Recomiendo una lectura pausada de esta rica encíclica con la seguridad de que su consideración nos llevará a amar más a nuestra “hermana Tierra” y a todas las personas, una a una, especialmente las más débiles y necesitadas.

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