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Libertad de expresión

La burla a las religiones no es el modo de preparar la paz entre las distintas naciones
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Los atentados de París de la semana pasada han conseguido dos objetivos: primero, la fuerte toma de conciencia de Occidente contra el terrorismo de origen islámico; segundo, el reconocimiento de que la libertad de expresión tiene sus límites al tiempo que nunca la religión debería ser objeto de mofa y escarnio por parte de los medios escritos. Estos límites han sido reconocidos por muchos dirigentes mundiales, entre ellos el papa Francisco, quien además ha dicho que nadie puede hacer la guerra o matar en nombre de Dios.

El despertar de Occidente contra el terrorismo islámico es de por sí un hecho positivo. Sin embargo se ha confundido la violencia asesina con el contenido del semanario, en el bien hallado eslogan de ‘Je suis Charlie Hebdo’. Algunos pretenden que no adherirse a la revista antirreligiosa francesa ya es apoyar, de alguna manera, el terrorismo islámico. Las palabras del papa Francisco (contundente en la condena del atentado) ya han sido reinterpretadas por un tipo de prensa que cree que si no se está con ellos (con Charlie Hebdo) significa que apoyas al terrorismo yihadista. No es nuevo. ¿Querrán convertir el insulto a las religiones como un ‘derecho humano’? No me extrañaría por parte de algunos. La burla a la religión musulmana y a otras religiones no es el modo de preparar la paz entre las distintas naciones, culturas, religiones y civilizaciones del mundo. La paz del mundo hay que buscarla en la concordia entre los hombres o, como decían los últimos papas, en la «civilización de amor», y no en publicaciones como Charlie Hebdo que ridiculizan y hacen befa de algo muy sagrado para los creyentes en una u otra religión.

En Italia se entiende muy bien lo que es la ‘paz religiosa’, pues no hubo paz entre el Papado y el Reino de Italia mientras se hostigaba a la religión y se mantenía al Papa ‘encerrado’ entre los muros del Vaticano. La firma de los Pactos de Letrán en 1929, entre el cardenal Gasparri y el jefe del gobierno Benito Mussolini, consiguió la paz religiosa después de 59 años de hostilidades.

Por eso Italia es un país respetuoso con las religiones por propia experiencia histórica. Francia es un país laico, es decir que no reconoce a ninguna religión como tal, aunque las religiones funcionan con el reconocimiento civil general de la libertad religiosa. España es un país ni laico ni confesional, y reconoce a todas las religiones como tales en su Constitución, y por eso se le llama Estado aconfesional. Lo mismo podríamos encontrar en numerosos estados de América Latina que sin ser confesionales respetan la libertad religiosa y de culto.

Pero quienes utilizan el nombre de Dios para acometer actos violentos o muertes, estos no son religiosos sino ‘fanáticos de una religión’, sea la que sea, y enemigos de la libertad religiosa. En otras palabras, no son personas que actúan en nombre de una religión, sino que son fanáticos, como los hay en las más diversas ideologías cuando estas se radicalizan.

Uno de los aspectos positivos también de los atentados de París es que no se ha asociado el fanatismo y terrorismo yihadista con la religión musulmana. Pero ahí sí que los estados islámicos deberían aportar mucho más, por ejemplo no perseguir en sus territorios a quienes profesan otras religiones o permitir que una persona deje de ser musulmana para abrazar otra religión, como la cristiana. En esto queda mucho por avanzar.

Lo más sorprendente de los atentados de París es que el mundo occidental ha despertado del letargo contra el terrorismo de origen islámico sólo porque han muerto una docena de personas en París. Occidente permanecía adormecido cuando tuvieron lugar los atentados de Madrid el 11 de marzo de 2004 que causó más de 200 muertos, ni despertó Occidente con las matanzas sin piedad contra los cristianos en territorios controlados por el Islam radical. Ni cuando se destruían auténticos tesoros arquitectónicos y artísticos en los territorios islámicos. Veremos qué soluciones serán propuestas.

Seguro que no será una solución patrocinar publicaciones provocadoras y burlescas tipo Charlie Hebdo, pues Charlie Hebdo no es la solución sino parte del problema. Una religión es algo intocable para los creyentes en la misma, no se puede ridiculizar, como tampoco se puede ridiculizar a la madre de alguien solo por ser la madre. Las esferas íntimas de las personas, sus conciencias, son libres e inviolables, y ahí tenemos ya un límite a la libertad de expresión.

Cuando chocamos entre dos derechos fundamentales de la persona como son la libertad religiosa y de conciencia y la libertad de expresión ya encontramos límites. Dos derechos fundamentales no pueden estar uno frente a otro, sino uno junto al otro. Si chocan los dos derechos, uno de ellos o los dos, no se viven de acuerdo con la dignidad de la persona.

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