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Libertad, divino tesoro

La lucha por la libertad no se agota, ni mucho menos, en la posesión de unas leyes que la garanticen y que normalmente se reducen a que cada cuatro años se pueda ir a depositar una papeleta en una urna

CÉSAR PASTOR DÍEZ

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CÉSAR PASTOR DÍEZ.

CÉSAR PASTOR DÍEZ.

Igual que hace unas décadas se derrumbaron los últimos imperios coloniales, así también ahora las últimas dictaduras del planeta se baten en retirada y ya casi se pueden contar con los dedos de una mano los regímenes dictatoriales que aún subsisten en nuestro mundo occidental; lo cual demuestra que el hombre no es un perro que se resigne de por vida a la tiranía de la soga. Incluso encadenado, el ser humano posee la facultad de pensar, y desde el fondo de su alma odia el dogal que le cohíbe o el sable militar aplastado sobre su cerviz.

Ahora bien, en nuestro léxico académico la libertad llevada al ámbito de la vida pública es el concepto más equívoco, más retorcido y más prostituido según sea la voluntad acomodaticia de los manejos políticos que se quieran hacer de esta palabra y que en la mayoría de los casos nada tienen que ver con la verdadera esencia de la libertad. En nombre de la libertad se han cometido y se cometen los más abyectos desmanes hasta el punto de que en ciertas latitudes, aunque haya personas recluidas en mazmorras inmundas, sus captores pretenden convencerles de que gozan de una libertad modélica. Y aun algunos querrían en exclusiva para sí –sólo para sí– la misma libertad que tiene la fiera en la selva.

En los últimos cincuenta años, grandes muchedumbres del planeta, incluido el pueblo español, se enrolaron en la tremenda aventura de la libertad. Y si la libertad constitucional pudiera garantizar por sí sola el bienestar y la igualdad de derechos y deberes entre las personas, estaríamos asistiendo a la Edad de Oro de la especie humana. Pero es evidente que, en general, la libertad política no se ha visto acompañada por la liberación paralela de las miserias económicas que aquejan a esos pueblos, donde millones de personas languidecen víctimas de la pobreza y de la ignorancia; son libres políticamente, pero siguen siendo esclavos del hambre y la desesperanza. Y si no ponen en la batalla del trabajo y de la cultura el mismo ardor y la misma perseverancia que pusieron en su lucha por la libertad política, esos pueblos están irremisiblemente perdidos. De nada les servirá una Constitución escrita si ni siquiera saben leerla y si son incapaces de proveer su despensa.

Una Constitución escrita, aun la más perfecta de las humanamente concebibles, no es, a fin de cuentas, más que una simple declaración de principios o de buenas intenciones, pura entelequia, expresión de unos objetivos demasiado remotos, inalcanzables, utópicos. Lo demuestran los hechos: una Constitución «garantiza» el derecho a la vida, al trabajo, a la justicia y a la libertad. Podría parecer, según esto, que ningún ciudadano bajo el manto protector de esa Constitución morirá violentamente, ni se verá nunca sin trabajo, ni sufrirá esclavitud, arbitrariedades ni injusticias.

Pues bien, cada asesinato, cada rapto, secuestro, violación, estupro, tortura, extorsión, chantaje…; cada abuso de poder, cada transgresión, en fin, de la ley y de la moral, y lo que es hoy más sangrante, cada trabajador en paro y en desamparo, es un rotundo mentís a las «garantías» que proclama bonachonamente una Constitución.

No, amigos. La lucha por la libertad no se agota, ni mucho menos, en la posesión de unas leyes que la garanticen y que normalmente se reducen a que cada cuatro años se pueda ir a depositar una papeleta en una urna. Nadie es libre desde la incultura o entre mugidos de hambre. Y es ahí donde hay que librar las batallas más encarnizadas.

La libertad a secas no existe ni puede existir, sino que necesita ir definida en campos concretos: libertad de expresión, libertad de culto, libertad de residencia, libertad de asociación, etc. Una libertad sin definición sería una regresión a la barbarie y a las cavernas, una guerra de todos contra todos. La libertad hay que aprenderla, hay que cultivarla y hay que ejercerla. Los violentos, los agresores y los chorizos no tienen cabida donde impera la libertad.

Ya sabemos que en los estados dictatoriales los ciudadanos viven sujetos a una mordaza que les impide toda crítica al establishment, una situación que los españoles tuvimos que soportar durante cuatro décadas. Pero se supone que en un régimen democrático de libertades el individuo tiene derecho a expresar públicamente sus ideas políticas, sociales y éticas, sin sobrepasar los límites que marcan el respeto y la educación, y sin que por ello tenga que sufrir represalias, amenazas o agresiones como ocurre a veces en nuestro entorno más cercano, es decir en nuestro país, donde vemos que el contraste de criterios se resuelve a veces «a calzón quitado», con descalificaciones, vituperios e insultos más propios de gente obtusa e indocta que de personas civilizadas.

En la hora presente, entre los escasos oradores loables por su retórica limpia tenemos más de un experto en el arte de proferir ofensas, injurias y ultrajes aprendidos en alguna pocilga, amparándose en la inmunidad inherente a su empleo y con la estulta pretensión de estar hablando ex cátedra, aunque tenga un orfeón de trastienda dispuesto a corear sus payasadas.

Ojalá todos los pueblos redimidos en los últimos cincuenta años puedan gozar plácidamente durante mucho tiempo las delicias de una vida en libertad auténtica. Para ello, sus dirigentes democráticos harán bien no durmiéndose en los laureles del triunfo, sino procurar que a esos pueblos no les falte nunca el pan, porque la experiencia histórica enseña que ante la alternativa de elegir entre pan y libertad, los pueblos han elegido siempre el pan. Y sin pan no hay libertad.

César Pastor. Escritor e hijo adoptivo de TGN

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