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Libia, en el caos

La vida en Libia es un infierno teñido de sangre que Occidente no sabe cómo evitar
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Ahora mismo Libia es el problema para Occidente; no es el único, por supuesto, también lo son Somalia, Yemen y algunos más. Pero Libia es nuestro problema, el de los europeos y particularmente el de los europeos del sur, que lo vivimos tan de cerca. Libia es un problema para los de fuera y un drama para los de dentro. Desde la muerte de Gadafi –un dictador paranoico y esperpéntico, desde luego– el país es un caos con altos índices de pobreza.

Carece de Gobierno, mejor dicho, tiene varios enfrentados, con el Daesh o EI metiendo sus narices por todas partes y alimentando el desconcierto y la violencia, una violencia entre tribal, religiosa y política que cuenta con armas para usar, para exportar y para desestabilizar a los vecinos como con Malí o Nigeria. Lo único que tiene, además de un amplio desierto para mantener escondrijos inexpugnables, es petróleo.

Mucho petróleo, tan ambicionado como mal explotado aunque sí en cantidades suficientes para que algunos se enriquezcan y otros dispongan de ingresos para seguirlo disputando a tiro limpio. La vida allí es un infierno teñido de sangre que Occidente no ve ni sabe cómo evitar. Lo único que preocupa es la amenaza para Europa de la inmigración masiva que parte de sus costas y las mafias promueven con desprecio a las vidas ajenas.

Además de otros muchos males, ahora Libia se ha convertido en el centro de partida de inmigrantes para Italia y Malta. Hay decenas de miles de personas esperando a dar el salto. Unos llevan la coartada, desgraciadamente veraz, de la persecución política y el peligro que corren sus vidas. Otros, llegados del Sur, aguardan con la esperanza de poner fin a sus penurias en el continente del bienestar que las televisiones les muestran.

Gadafi era un dictador sin escrúpulos pero visto desde la distancia del tiempo, un dictador mercurial con el que se podía llegar a entender.

Ocurrió durante más de tres décadas hasta que a alguien le entraron fiebres democráticas, que en otros países olvida, y se le ocurrió derrocarle, algo elogiable, pero sin pararse a pensar en el vacío de poder que su ausencia iba a dejar. Parece que el ejemplo de lo ocurrido en Irak no impidió tropezar de nuevo en el mismo error.

El sátrapa del desierto, como se le conocía en Washington, era un iluminado que estaba seguro de que después de su régimen vendría el diluvio a pesar de que en su país apenas llovía. Pero el diluvio llegó desde que las nubes dejaron de arrojar bombas. En el desconcierto, las ambiciones embalsadas durante tantos años se desbordaron, los libertadores de aquella sociedad reprimida se marcharon con la sensación del deber cumplido y ahora, cuando vuelven la vista atrás, se resisten a darse cuenta del desastre.

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