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Llegar a casa

Bajar a la calle para que un amigo me recuerde por qué vivo aquí. Subir con ayuda el resto de los cachivaches y no tener ni una cerveza en la nevera

ALBA CARBALLAL

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Llegar a casa con las maletas. Foto: DT

Llegar a casa con las maletas. Foto: DT

Aparcar el coche a la primera en una ciudad aún desierta. Vaciar el maletero y, ante la imposibilidad de cargar con todo de una vez, volver a meter la mitad de los bártulos en el asiento de atrás. Cerrar el coche con la punta del único dedo que no está ocupado. Buscar en el bolso unas llaves que también han estado de vacaciones.

Abrir el buzón como quien abre la compuerta de una presa llena hasta arriba de facturas, teléfonos de agentes inmobiliarios y ofertas de supermercado. Llamar a un ascensor que nunca baja a la primera. Observar con horror el aspecto de las plantas que se quedaron en el alféizar de la corrala. Pensar, con cierta razón, que hay cosas que ni el agua puede salvar. Dar tres vueltas a una cerradura mal cuadrada y recuperar la vieja tarea pendiente de llamar al cerrajero.

Empujar las maletas a lo largo de un pasillo por el que apenas caben, dejarlas en cualquier parte, tropezar con la fregona y sentarse en el sofá. Respirar. Diez minutos más tarde, resoplar. Levantar el culo del asiento. Apilar los bártulos pegados al único trocito de pared que queda libre. Poner la maleta grande encima de una cama sin hacer, abrirla y elegir cualquier cosa que no dé calor. Subirse a un taburete para coger una toalla, porque el alto de los dos todavía no ha vuelto. Echarle de menos, un segundo nada más. Ducharse con agua helada y recordar tarde que no queda champú.

Recibir un whatsapp y vestirse deprisa. Reparar en el cuadro que no colgamos la última vez. Bajar a la calle para que un amigo me recuerde por qué vivo aquí. Subir con ayuda el resto de los cachivaches y no tener ni una cerveza en la nevera. Abrir el portátil. Volver a escribir. En todos los sentidos, llegar a casa.

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