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Lo que aprendimos

Antoni Coll

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Cuando éramos niños, en una época tan lejana que no había comenzado ni el ‘procés’, aprendíamos las reglas de cálculo, cosas de memoria y, cuando fuimos adolescentes, un idioma, generalmente el francés.

Ahora ya no es necesario saber sumar, restar, multiplicar y dividir, pues la calculadora se encarga de ello. Tampoco se requiere ejercitar la memoria, porque con pulsar unas teclas aparece lo que buscamos. El problema es que no buscaremos qué dijeron Cicerón o el almirante Nelson si no recordamos qué hicieron.

En cuanto a las lenguas, un Travis the Translator, artilugio del tamaño de un llavero, es capaz de traducir al instante 80 idiomas. Unamuno aprendió danés para entender a Kierkegaard, Juan Pablo II estudió castellano para leer a San Juan de la Cruz y Santa Teresa. 

Ya no sería necesario, pero, ¿cómo traducirá el aparato lo de «Vivo sin vivir en mí y tan alta vida espero que muero porque no muero?».

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