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«Lo siento mucho, me equivoqué. No volverá a ocurrir»

CARLOS IAQUINANDI CASTRO

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«Lo siento mucho, me equivoqué. No volverá a ocurrir»

«Lo siento mucho, me equivoqué. No volverá a ocurrir»

Cuando el Rey emérito dijo con rostro compungido estas frases en abril del 2012, regresaba lesionado de un viaje a Botsuana. No sabemos con certeza si se refería a que en medio de la más grave crisis económica de la democracia él había estado matando elefantes en un safari que costaba 30.000 dólares, o si se disculpaba por haber regresado acompañado públicamente por Corinna Larsen o por sus cuentas ocultas en Suiza y posiblemente en otros paraísos fiscales.

Fue el punto de inflexión de un proceso de decadencia que quizás se inició en el 2008 cuando se reunió en La Zarzuela con dos abogados, asesores de dueños de grandes fortunas y conocidos por administrar fondos en paraísos fiscales. El propósito: crear una estructura opaca a la Hacienda española que tuvo forma de fundación y su nombre es Lucum.

El Rey estaba a punto de recibir una gran suma de dinero de Arabia Saudí. Fueron 100 millones de euros que se depositaron en el Banco Mirabaud. El envío del monarca árabe fue definido como un regalo pero el fiscal suizo supone que pudo ser una «retrocomisión» pagada por el consorcio de empresas españoles adjudicatarias del AVE a La Meca.

El Rey considera «hermanos» a los príncipes saudíes, miembros de una dictadura sangrienta, que asesina a sus opositores, y desde hace tiempo interviene unilateralmente en el conflicto interno yemení bombardeando población civil como ha sido denunciado en las Naciones Unidas.

El gobierno español desde hace años es proveedor de bombas a los saudíes, y el «emérito» mantiene vínculos fraternos con esta pandilla. Pero volvamos a los dineros regalados por los saudíes al rey Juan Carlos. De allí salieron también los 64,8 millones que «donó» a Corinna, en lo que muchos consideran un blanqueo de fondos no declarados ante la Hacienda española.

Durante años el «emérito» llegó a sacar 5 millones en retiros en metálico con una media de cien mil euros mensuales para gastos «menores». Los fondos le rendían un 7,7% mientras en España los ciudadanos afrontaban la peor crisis de paro y pobreza.

El actual Rey, su hijo Felipe VI, decidió en marzo pasado retirarle a su padre la paga anual, y a la vez renunció a la herencia que pudiera provenir de su padre. Se interpretó como un claro indicio de que a nivel familiar los «acontecimientos pasados» que citaba el rey Juan Carlos eran ciertos, lamentables y conocidos por su hijo.

El pasado lunes una nota de la Casa del Rey reproducía la carta que le enviaba su padre anunciando su decisión de «trasladarse fuera de España» y que lo hacía «ante la repercusión pública que están generando ciertos acontecimientos de mi vida privada». Se considera que es fruto de una reunión entre ambos realizada para acordar una salida «negociada», y que previamente también participó Pedro Sánchez.

En el momento de redactar esta columna, todavía se desconoce su paradero. Se le suponía en la República Dominicana o en Portugal, pero en ambos países niegan su ingreso. ¿Dónde está el rey? El presidente responde a los periodistas: «No lo sé», y añade que Juan Carlos le ha dicho que si fuera necesario «está a disposición de la justicia». Pero si no saben donde está, ¿cómo le comunicarían ese requerimiento? ¿Con un aviso en la prensa?

Como la situación es absurda e impresentable, tomémoslo con humor. Espero que cuando ustedes estén leyendo este artículo, ya sepamos todos donde está el «emérito». Uno de los destinos mencionados desde hace tiempo, es uno de los «resorts» más lujosos del Caribe. Tiene casi 3.000 hectáreas, campos de golf, piscinas, helipuerto, jardines y un «blindaje» de seguridad.

Sus dueños y antiguos amigos del rey son hermanos Fanjul, cubanos de origen, magnates de la industria azucarera que se marcharon de Cuba cuando llegó Fidel y la revolución. Se instalaron entonces en la Dominicana y poseen una de las más grandes fortunas de Estados Unidos.

La prensa europea tituló sobre la salida del monarca utilizando términos como «sucesión de escándalos», «exilio preventivo» o «conducta indigna».

En España los titulares de la prensa gráfica utilizaron mucha prudencia y trataron de separar lo que sucedía con el exmonarca con la institución que hoy ejerce su hijo. Algo que solo consiguieron en parte, porque los hechos vuelven a colocar en entredicho a la monarquía. El Periódico y Diario 16 plantearon que el Rey tendría que dar explicaciones en España.

También se recogen argumentos criticando que no se conozcan los bienes de los reyes. Se reclama que termine la «inviolabilidad». Recuerdan que todos los cargos públicos, desde diputados al presidente están obligados a presentar sus cuentas personales anualmente.

En la prensa conservadora y en declaraciones de dirigentes del PP y Cs no faltó como atenuante el argumento de que el Rey Juan Carlos «trajo la democracia a España».

Los políticos tendrán sus motivos para ser tan cuidadosos en el trato del tema, pero desde el periodismo de opinión podemos expresar lo que lamentablemente otros callarán. Por ejemplo, recordar que los que lucharon por el regreso de la democracia fueron quienes durante años resistieron la dictadura: los perseguidos, encarcelados, torturados y asesinados cuando no había siquiera horizonte democrático.

Y que el mensaje del Rey el 23F, fue a la 1.15 de la madrugada, varias horas después del inicio del golpe de Tejero, y cuando su fracaso ya era evidente.

La sorpresiva partida del Rey tiene más connotaciones de fuga que de acto gentil. Y no deja de sorprender la lentitud en esclarecer lo que podría ser una cadena de graves acciones cometidas en el ejercicio de la Jefatura del Estado. Y que de confirmarse aunque sea en parte, constituye una burla a quienes afrontan en España paro e incertidumbre.

También sorprende que casi ningún medio haya recordado la historia de los Borbones en España. Sugiero que ante esa ausencia lo busquen y lo valoren por sus propios medios. Se encontrarán con otros personajes pero similares historias. En recuerdo de mi abuelo republicano, Mateo Castro.

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