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Los Juegos Mediterráneos, desafío y oportunidad

Artículo de opinión de Fernando Arrechea, Doctor en Ciencias del Deporte

Fernando Arrechea

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Imagen de las obras de la piscina en l'Anella Olímpica. Foto:Tarragona 2018

Imagen de las obras de la piscina en l'Anella Olímpica. Foto:Tarragona 2018

El 8 de diciembre de 1926 el barón de Coubertin visitó Tarragona por iniciativa de su amigo el periodista tarraconense Josep Elias i Juncosa «Corredisses». Al parecer quedó gratamente sorprendido del dinamismo deportivo de la ciudad y de su patrimonio histórico, así lo reflejó en el autógrafo con dedicatoria que realizó para Pau Olivé Sanromà: «Bajo vuestro cielo luminoso, al pie de los monumentos que representan vuestro prestigioso pasado, buscad en el esfuerzo deportivo libre y desinteresado la prenda de un porvenir digno de este pasado. La juventud de Tarragona tiene todo lo que hace falta para lograrlo, sobre todo si no se olvida jamás que la perseverancia vale más que el ímpetu y que una voluntad sin desfallecer triunfa sobre todos los obstáculos» .

Es un texto hermoso y contundente, poco recordado y, en ocasiones, mal citado. Realmente creemos que podría inscribirse en un lugar destacado de la ciudad (en la nueva «Anella Mediterrània» de Camp Clar, por ejemplo) y las nuevas generaciones de tarraconenses deberían conocerlo. Vincula historia y patrimonio con esperanza y futuro, con el deporte como nexo y elemento regenerador, como excusa para aumentar la calidad de vida y la salud, en consonancia con la pedagogía anglosajona del siglo XIX (tan admirada por Coubertin) y el regeneracionismo.

A las puertas de los Juegos del Mediterráneo Tarragona 2018 puede ser momento de recordar el mensaje de Coubertin. Sí, lo sabemos, estos Juegos no son los Juegos Olímpicos. También sabemos que llegar hasta aquí no ha sido un camino de rosas y que, en muchos aspectos organizativos las cosas no se han hecho bien. La oposición y los medios de comunicación lo han denunciado, en múltiples ocasiones con argumentos como puños. Pero estamos aquí y vamos a organizar y/o presenciar en nuestro territorio los Juegos del Mediterráneo. Es un hecho.

Llegados a este punto podemos entregarnos al pesimismo o directamente al nihilismo, o por el contrario podemos recordar «el prestigioso pasado» mientras paseamos «al pie de los monumentos». Podemos animar a los jóvenes deportistas de todo el Mediterráneo mientras buscan «en el esfuerzo deportivo libre y desinteresado la prenda de un porvenir digno». Asimismo, podemos creer que nuestra juventud, a pesar de los pesares, «tiene todo lo que hace falta para lograrlo» y podemos ser perseverantes y creer que «una voluntad sin desfallecer triunfa sobre todos los obstáculos».

En otras palabras, podemos observar Tarragona sin el cinismo ni la distancia con la que, en ocasiones, la observamos. Podemos verla como la vio Coubertin en 1926 y sorprendernos de su historia y su patrimonio. Podemos disfrutar los Juegos animando a todos los participantes, intentando ofrecer la mejor imagen a través de los medios que los cubrirán. Es un gran anuncio de una semana y si la impresión es positiva ello conllevará turismo deportivo y cultural, congresos, en definitiva: empleo.

Cuando todo acabe el 2 de julio podremos regresar a nuestras polémicas políticas. Podremos ser de nuevo cínicos y críticos con nosotros mismos y olvidar las palabras de Coubertin. O no.

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