Los bancos-cafetería

Julia López-Madrazo

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No me gustan nada. Las nuevas sucursales bancarias se han convertido en un catálogo de muebles de diseño -todos iguales- donde entras para solucionar un problema y no hay empleados para resolver sino sillas y mesas, ahora con mampara anticovid, casi todas vacías porque los clientes no sabemos para qué sirven. Como cafeterías sin consumición.

Supongo que resulta una frivolidad hablar de cómo nos afectan las nuevas entidades financieras, cuando los enormes problemas de Salud, Economía, Dirección de Estado y Ley Celaá son los protagonistas de nuestras vidas; pero es que los ciudadanos tenemos que seguir pagando los recibos, cobrando nóminas y pensiones por medio de la Banca; y estos cambios se han producido sin consultarnos a los clientes.

A la gente normal nos gusta acudir a nuestra oficina bancaria y charlar con una cara conocida. Gruñir si nos han cobrado una comisión de más. Pedirles que nos expliquen el galimatías de la factura de la luz y del gas. Ponerles cara de perro si nos intentan vender un seguro. Pedirles que nos devuelvan un recibo. Conocen las miserias de nuestras cuentas y guardan el secreto. Pero el «vicio» de tratar con humanos para seguir el rastro de tus ahorros y pedir consejo, se ha convertido en un lujo con «cita previa», y que sea justificada.

Vayan en estas líneas mi agradecimiento para todos los Juana, Belén, Josemari, Cristina, Asun, Dani que andáis, unos prejubilados forzosos y otros danzando por distintas sucursales de bancos fusionados; sabiendo que sobráis gente por todas partes y que dejáis a los clientes perplejos porque os hacen desaparecer de la noche a la mañana.

Como dice mi hija, queremos oficinas con Josemaris y no Bancos-Cafetería. Si nos hackean la tarjeta de crédito, deseamos contárselo a Belén o a Asun. Si necesitamos un crédito, Cristina nos dice lo que realmente nos costará. A las Juanas de turno, las prejubilaron y nunca las sustituyeron. Ya no podemos llevarles una colonia en Navidad, ni nos pueden avisar de que estamos en «números rojos» y hay que pagar la hipoteca. Echo de menos a todas esas personas, incluso a las muy bordes, que las hay; porque mi móvil hace muchas monadas bancarias, pero todavía no me mira a los ojos. Y tampoco sé si me apetece que me mire.

La banca ha destruido 120.000 empleos en España desde la crisis financiera de 2008, y solo para 2021 ha presentado planes para reducir 15.000 puestos de trabajo. Los bancos españoles tienen planes para cerrar más de 4.000 oficinas entre lo que queda de este año y el que viene. Y yo no quiero hablar con mesas de diseño, ni constantes avisos del banco en mi ordenador. La vida es más fácil: a mí me gustan los empleados de carne y hueso. Y a mucha gente también. Los necesitamos.

Julia López-Madrazo: Periodista.

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