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Los bares

Lo importante no es lo que consumimos allí, sino lo que hacemos y decimos -o dejamos de hacer y de decir- mientras consumimos

Felipe Benítez Reyes - Escritor

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First day of the compulsory Health Pass in Paris

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Este lío planetario que nos traemos ahora con el virus ha puesto en valor la utilidad sociológica de los bares.

Una utilidad que ha sobrepasado cualquier cálculo optimista, porque nos hemos dado cuenta ahora de lo importante que era entrar en un bar sin pensar en otra cosa que en el hecho mismo de entrar en un bar, como un movimiento reflejo y despreocupado, y no como en estos momentos, en que ponemos un pie en los bares con la misma inquietud espiritual con la que entramos en la consulta del dentista. Bien.

Todos los bares son distintos, pero todos tienen un factor metafísico común: vamos a ellos sin saber con exactitud a qué vamos a ellos. Se dirá, y con razón, que vamos a los bares para beber o comer, o para la conjunción de ambas actividades, pero beber y comer son cosas que podemos hacer en casa, de modo que tanto la comida como la bebida pasan a ser motivos secundarios y anecdóticos para plantarnos en cualquier bar que merezca ese nombre. Su parte utilitaria, digamos. El pretexto. Porque lo importante no es lo que consumimos allí, sino lo que hacemos y decimos -o dejamos de hacer y de decir- mientras consumimos.

Un bar de verdad es un teatro, con sus comediantes y su público, y quien no entienda eso casi mejor que se vaya a una franquicia, que es menos un teatro que un apeadero de urgencia para meramente consumir, no para dramatizar ni para montar sainetes, que es lo que nos gusta hacer en los bares.

En un bar acabamos siendo actores que interpretan un papel variable basado en la improvisación e inspirado sobre todo en el teatro del absurdo: un día nos da por proclamar el remedio infalible y expeditivo para los problemas principales del loco mundo contemporáneo, otro día nos da por filosofar en torno al fútbol o la tauromaquia y al día siguiente nos da la ventolera de discutir con el camarero sobre el punto de cocción del marisco, pongamos por caso, entre otras tareas intelectuales de condición más o menos especulativa.

Las cosas eran muy distintas cuando los establecimientos se reservaban el derecho de admisión y cuando se prohibía el cante: hoy en los bares entra todo el que quiere, y todo el que quiere acaba dando, por hache o por be, el cante, aunque no cante. Y hasta tal punto han cambiado las cosas que en nuestros días es más fácil que un cliente ponga en la calle al camarero que al contrario.

En estos tiempos en que todos tenemos opiniones contundentes sobre casi todo, los bares se han convertido, en fin, en la evolución natural del ágora, que por cierto, y por si a alguien le interesa el dato, tuvo su origen en la Creta minoica. Pero esa sería ya otra historia.

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