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Los debates de Fierabrás

Hay muchos problemas esperando como para perder el tiempo con malabares

Diego Carcero

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Todo vuelve a donde solía en la política española después de tantas semanas de verborrea inútil. Los recalcitrantes líderes que se juegan nuestro futuro el 26 de junio ya tienen la forma de guardar su fracaso en el baúl de los recuerdos y de entretener la impaciencia de los votantes. Todos esperan que sean los debates los que les den la victoria y en esas estamos. Lo importante son los debates televisados y, de paso, es lo que resuelve el engorro de tener que abordar los problemas, mejor dicho, las soluciones a los problemas.

De momento, y preveo que sea un momento largo, se va a debatir sobre los debates, a cuatro, a dos, aquí o allá, este moderador o cualquier otro siempre que se avenga al encasillamiento de preguntas y tiempos que acuerden los gestores de las campañas. Sobre ese particular sí es probable que haya pacto aunque, bien mirado, no deja de ser una burla a la inteligencia que los que no fueron capaces de hablar y escucharse a lo largo de cuatro meses aparezcan juntos ante las cámaras.

Los debates son importantes, qué duda cabe, para conocer a los políticos y para concluir qué piensan y qué se proponen hacer. Pero no lo son todo en una campaña electoral y mucho menos cuando se trata de una campaña electoral sin propuestas claras y razonadas sobre la manera de resolver los problemas que tiene la gente. Y ahora mismo en España hay muchos problemas esperando como para que los que van a resolverlos pierdan tiempo en juegos malabares.

Sería estupendo verlos debatir abiertamente, sin apaños ni limitaciones, sobre la manera en que cada uno se propone reducir drásticamente el desempleo y explicarla con datos y medidas realistas, capaces de crear puestos de trabajo, y no con promesas vaporosas. Tampoco estaría mal que contrastasen sus proyectos para amortiguar la desigualdad que tanto se ha acentuado y paliar el drama de la pobreza que cada anochecer salta a la vista en los sotechados de las plazas.

Y, ya de paso, en vez de tirarse las descalificaciones a la cara, en pésimos ejemplos para la convivencia de los demás, tampoco estaría mal que aprovechasen para explicar cómo van a encarrilar el futuro de las pensiones ante la amenaza de la caída de cotizantes y el descenso de la natalidad. Aparte, claro está, de exponer con realismo el impulso necesario que la alicaída influencia internacional requiera y, naturalmente, cómo afrontará el reto independentista catalán.

Pero para todo esto me temo que habrá que esperar, primero a que los líderes tengan ideas claras y respuestas convincentes. Ahora lo que toca es debatir sobre los debates, convertidos en moderno bálsamo de fierabrás a los demás nos fuese la vida o cuando menos la suerte.

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