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Los dos más grandes

Dicen las crónicas que el mejor hombre que jamás subió a las cuerdas fue Jack Johnson

Manuel Alcántara

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Antes de que a los negros les llamaran afroamericanos y que Cassius Clay, descendiente de esclavos, fuera universalmente conocido como Muhammad Ali, era ya no sólo el más popular deportista del planeta, sino el político más influyente. Se negó a ir a asesinar vietnamitas, porque decía que ellos no le habían hecho nada, y tuvo que abandonar su título de campeón mundial. ¿Quién fue más grande? ¿El hombre que acaba de morir o el que se negó a matar? Yo, que conocí a los dos contemporáneos que más he admirado si bien por distintas razones, de esas que sólo el corazón conoce, tampoco lo sé. ¿Al que le negaron el Premio Nobel o al que desposeyeron del título de campeón mundial? Miro sus imágenes en esas prisiones planas de los retratos, uno al borde del ring, cuando hice la crónica para el bien amado ‘Marca’ de su combate con Evangelista, y otro cuando le dieron por fin el Cervantes a Borges. Como he sido un testigo no puedo creer en la inmortalidad. Si acaso, es una superposición de minorías, y eso depende de nuestra memoria, no de las suyas que se extinguieron para siempre.

¿Quiénes fueron los dos más grandes? ¿Cassius o Ali? Dentro del ring donde se juega a las cuatro esquinas con la suerte y la muerte transitoria del K.O., dicen las crónicas, amarillas de tiempo, que el mejor hombre que jamás subió a las cuerdas, que entonces eran doce y no catorce, fue Jack Johnson. Aquel gigante etíope que amaba las azucenas blancas prohibidas por Linch, que es una manera de decir que le gustaban las rubias. Únicamente puedo creerlo bajo palabra de honor, pero de lo que yo he visto, los dos más grandes tenían el mismo nombre. Unas veces se llamaba Cassius y otras Ali. Se enfrentaban ambos con Cleveland Williams o con Joe Frazier o con Ken Norton o con Foreman.

No se puede trasladar la memoria, pero el recuerdo se mueve. Tengo a Kinshasa al lado del Rincón de la Victoria. Proyecto viejas cintas pugilísticas antes o después de leer a Schopenhauer. Cada uno se consuela como puede en el minuto que dura un asalto y otro asalto, que cada vez se hace más largo.

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