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Los errores en política

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El error es consubstancial a la persona y por tanto los políticos no pueden sustraerse a caer en sus garras. Pero el político debe saber que en la gestión de la cosa pública los errores se pagan. Por ejemplo la concejala de Cultura del Ayuntamiento de Madrid ha cometido varios aparatosos errores en el curso de su breve ejecutoria, lo que ha desatado las iras de la oposición, que ha pedido en bloque su renuncia al cargo. Y la joven munícipe, a la hora de defenderse, ha reprochado con voz grave a sus antagonistas «la explotación política de los errores ajenos», como si estuviéramos en presencia de un crimen de lesa humanidad. En democracia -y sobre todo en democracia parlamentaria, que es una forma especialmente depurada de tal forma de gobierno-, una de las funciones esenciales de la oposición, de las minorías, es el control del poder. Esto es, los concejales de la oposición tienen como uno de sus principales cometidos la crítica de los errores que puedan cometer quienes ejercen el poder. La protesta de la edil no tiene, pues fundamento. Como no lo tiene tampoco que se mantenga en el cargo cuando ha demostrado reiteradamente su incompetencia, como sucede también en otros muchos cargos, como por ejemplo el alcalde de Girona, inverosímil sucesor de Puigdemont. La gallardía democrática consiste en marcharse cuando uno considera que ha hecho el ridículo. Si es que queda sentido del ridículo en la clase política de este país.

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