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Los experimentos con 'tsikoudia'

PP y Podemos han decidido apostar su futuro a lo que ocurra en Grecia durante 2015
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El pasado domingo, tal y como pronosticaban las encuestas, Syriza logró una rotunda victoria en las elecciones al parlamento griego. El partido liderado por Alexis Tsipras obtuvo más de un tercio de los votos y rozó la mayoría absoluta gracias a un sistema electoral que refuerza la posición del vencedor con cincuenta escaños adicionales. Aun así, los herederos políticos del eurocomunismo heleno se vieron obligados a formalizar un pacto de gobierno al faltarles dos parlamentarios para superar la mitad de la cámara. En menos de veinticuatro horas se anunció un ejecutivo de coalición con los Griegos Independientes del nuevo ministro de defensa Panos Kamenos, un acuerdo con la derecha nacionalista que ha levantado ampollas entre algunos simpatizantes de Syriza. Sin embargo, el hecho de que Tsipras se haya decantado por una formación con la que sólo comparte un punto del programa ha servido para lanzar un claro mensaje urbi et orbi sobre cuál será la meta a la que se someterá cualquier otro objetivo durante la presente legislatura: la renegociación de la deuda con la UE. Este pacto también ha logrado evitar que la insumisión griega pueda ser tachada por los mercados como una rebelión izquierdista, convirtiéndola en una demanda ideológicamente transversal.

Jamás un proceso electoral en Grecia -un país con apenas once millones de habitantes- había generado semejante repercusión internacional. No es de extrañar, teniendo en cuenta que quizás estemos asistiendo a un hito histórico que sirva de palanca para forzar un cambio de tercio en el devenir común europeo. Hasta hace unos pocos meses la autoridad alemana para imponer su criterio financiero en la UE estaba fuera de discusión. Angela Merkel había bajado de la cumbre del Zugspitze con las tablas de la austeridad económica y nadie osaba cuestionar su sagrada ley. Pero los tiempos están cambiando y hasta Mario Draghi ha abierto el grifo del BCE para evitar que la rigidez germánica paralice definitivamente al continente, lo que podría hundirnos en una crítica espiral deflacionaria. Los principales diarios económicos norteamericanos, conscientes de que EEUU ha sorteado la crisis con políticas sensiblemente diferentes a las europeas, proponen una quita de la deuda helena como requisito imprescindible para salvar la zona euro. El problema de fondo -y en eso Merkel tiene razón- es que si se perdona a Grecia luego vendrá Portugal, y luego España, y luego Italia, y luego Francia… Se trata de una medida arriesgada pero probablemente inevitable, teniendo en cuenta la limitadísima capacidad recaudatoria de Atenas. En cualquier caso, resulta llamativa la alegría con la que algunos españoles defienden la condonación griega… hasta que descubren que una parte de ese dinero se nos debe a nosotros.

Lejos del Egeo, el principal beneficiario del triunfo de Syriza probablemente sea el partido fundado por Pablo Iglesias II, para desesperación del partido fundado por Pablo Iglesias I. También la derecha política y mediática española está aprovechando el terremoto heleno en beneficio propio, trasladando lo acontecido en Atenas a nuestro particular campo de batalla, pese a opinar que los griegos fueron a votar tras beber varias botellas de tsikoudia. De hecho, PP y Podemos intentan alumbrar un nuevo bipartidismo en España para aplicar al PSOE una pinza similar a la sufrida el domingo por el Pasok, casi desaparecido en el parlamento de la Plaza Syntagma. El objetivo es legítimo y posible, aunque sorprende que Errejón y compañía hayan logrado arrogarse la representatividad política de Syriza en nuestro país, cuando lo cierto es que el partido de Alexis Tsipras se parece mucho más a IU desde el punto de vista de su origen histórico, su experiencia institucional y su ubicación ideológica. En el fondo, PP y Podemos han decidido apostar su futuro a lo que ocurra en Grecia durante 2015: si el nuevo ejecutivo heleno consigue hacer frente al acorazado alemán y alivia a las clases más atormentadas por la crisis, las expectativas electorales de Pablo Iglesias se dispararán de cara a los próximos comicios generales; por el contrario, si Tsipras no triunfa en la batalla y termina hundiendo la economía griega, las probabilidades de vuelco político en España se reducirán sensiblemente.

Las últimas encuestas confirman que una gran parte de los españoles ven en Podemos la única opción real de romper con una forma de hacer política que beneficia a los privilegiados, encubre a los corruptos, y abandona a los desprotegidos. Sin embargo, a muchos de esos mismos votantes también les inquieta la posibilidad de que un enfrentamiento directo con los mercados y Bruselas termine por arruinar al país. Por decirlo de algún modo, Don Quijote Iglesias tiene nobles ideales pero propone aventuras quiméricas, mientras Sancho Rajoy persigue unas metas más prosaicas pero sabe que los molinos son molinos. En definitiva, como dijo Eugenio D’Ors, “los experimentos con gaseosa”.

Ante semejante panorama, y aunque sólo sea por motivos egoístas, supongo que deberíamos celebrar que Grecia haya decidido lanzarse a la piscina. Al margen de que seamos o no partidarios de acatar las directrices económicas comunitarias, a todos nos interesa comprobar empíricamente si las consignas de la pareja Tsipras-Iglesias conducen a un mundo idílico o abocan al desastre. De momento, esta semana la prima de riesgo griega se ha disparado, la bolsa de Atenas se ha hundido y los ciudadanos han corrido a los bancos para sacar los pocos ahorros que les quedaban. Aunque el experimento griego apenas acaba de nacer, parece evidente que no ha comenzado con buen pie.

danelarzamendi@gmail.com

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